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Atlhetic #3 (El drama de ser un hincha disléxico)

Camiseta del Athletic Club

La dislexia dificulta la lectura, las matemáticas y la orientación espacial. Pero hay un problema terrible del que no se ha hablado nunca. El fúlbot es así.

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Ser disléxico acarrea dificultades en la lectura, las matemáticas y la orientación espacial. Pero hay un problema terrible del que no se ha hablado nunca. Que tu equipo tenga el nombre en inglés y tú seas incapaz de escribirlo correctamente. Tercer capítulo de “Palabro de honor”. El fúlbot es así.

Un chaval que crece en una familia vegana dentro una colonia naturista y que siente de repente un irrefrenable deseo de ser torero. Un habitante del Alto Deba guipuzcoano al que no le gusten los deportes de montaña ni las mochilas con tubito ni los gore-tex. Un transgénero de Vox. Un ciego en el país de los tuertos. Un donostiarra que piense que los pintxos son una engañifa, que la tamborrada es un coñazo inexplicable y que lo único interesante de Chillida es la casa de su familia en Igeldo con vistas al mar.

Pues bien, esas incongruencias no son nada si las comparo con la absoluta incomodidad que es para un hincha del Athletic, socio desde hace 30 años y espectador religioso de San Mamés desde hace 40, no saber escribir correctamente el nombre de su equipo. Parece una broma, pero es la verdad. No me sale. Siempre pongo mal la hache. Se me dan fatal los idiomas. Soy disléxico. Qué le vamos a hacer.

Los futboleros también somos persianas // BI FM

Ala, ya está dicho.

Lo he escondido durante mucho tiempo. No lo sabía nadie. Mi padre, socio también y cuya localidad disfruto desde que me la cedió en una ceremonia equivalente al espaldarazo con el que los monarcas investían a los caballeros, murió sin conocer esta vergüenza. Mi mujer se está enterando en este momento, al leer este artículo. Mis hijos lo sabrán antes o después, se lo dirá en clase algún aprendiz de odiador del Athletic, mis pobres hijos donostiarras a los que inoculo anticuerpos periódicamente para que no se me hagan de la Real Sociedad.

No es fácil explicar la tensión que se vive por temor a que se descubra esta impostura. Cuántas veces he participado en foros de mi equipo temiendo meter la pata, temiendo que se me escape la errata (las erratas, como se sabe, son las últimas en abandonar el barco) y que mis argumentos queden ridiculizados al instante frente a cenutrios sin ideas propias y con facilidad para el lugar común pero capaces sin embargo de escribir correctamente el nombre de su club.

Apa! Epa! Ipa! // BI FM

Cómo he tenido que sobreactuar cuando muchos de mis queridos vecinos de La Concha, con evidente mala intención, han llamado el Bilbao a mi equipo (mantengo la teoría de que un hincha rojiblanco diciendo que el derbi es un partido más es el reverso de la misma moneda de un hincha de la Real Sociedad llamando el Bilbao al Athletic: tú me menosprecias, yo te menosprecio). Cómo he fingido una indignación que no sentía, porque secretamente he deseado siempre que se llamara precisamente así, el Bilbao FC. Maldita anglofilia bilbaína, he lamentado muchas veces.

En 2015, la Fundación Athletic nos invitó al bertsolari Jon Maia y a mí a una final literaria en Barcelona, una día antes de la final de la Copa, frente a dos escritores azulgranas, Luis Racionero y Josep María Follaneras. El partido, bastante disputado, se decantó al final hacia nuestro lado gracias a Maia, que improvisó unos versos a partir de unas palabras que le dieron desde el patio de butacas y dejó a los catalanes con la misma cara de pasmados que nos dejó Messi al día siguiente cuando arrancó desde el medio campo, regateó a cinco y metió ese gol sádico del que todavía no me he recuperado del todo. Total, que yo me pasé angustiado todo el viaje hasta Barcelona, no por la cercanía objetiva de la ansiada Copa, sino por la posibilidad de que, durante la final literaria, hubiera una pizarra en el escenario y tuviéramos que redactar en directo alguna reflexión sobre el club o dejar por escrito el pronóstico de un resultado.

Hasta que los cantos gallen // Alejandro F. Aldasoro

Esta es una carga digna de un libro sagrado. Es como hacerse un tatuaje bien grande, en mitad del pecho, que diga: “Dios, protéjeme”. Con jota. Como confundir el nombre de tu mujer cuando te presenta a las amigas de la infancia a las que no ve desde entonces. Como mandar a tu jefe por error un wasap incendiario y antisistema sobre las horas extras o los contratos basura.

Pero, bueno, la verdad es que ha sido un alivio contarlo. Yo no tengo segundo equipo, no silbo si quedamos en el puesto doce, ni dejo de ir a San Mamés porque llueva a mares, sean las diez de la noche y venga el Leganés. Pero esta debilidad me ha avergonzado durante mucho tiempo y ahora, después de confesarla, me siento mucho mejor.

Además, siempre me queda doblar la atención y aplicar el corrector digital en los textos más elaborados. Veamos, aquí, por ejemplo, hay cinco Athletics y todos están correctos, menos el título. Así que puedo estar tranquilo y cerrar el artículo con una frase típica de hincha sin temor a haberla cagado por culpa de la dislexia: Dios solo creo un equipo ferpecto, ¡Athletic!

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