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Dientes, dientes, que es lo que nos jode

Dentadura humana

Después de un año de reflexiones sobre la desgana, todavía no le habíamos hincado el diente a un clásico universal: la visita obligada al dentista.

Me duele un dentista
Después de un año de reflexiones sobre la desgana, todavía no le habíamos hincado el diente a un clásico universal: la visita obligada al dentista. Enmendamos esa imperdonable dilación con este capítulo 13 de “Qué pereza todo”. Abre la boca, notarás un ligero pinchazo. Y luego, si eso, escupes

¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué los dientes están hechos de un material que se pudre precisamente con la comida? Son preguntas sin resolución, pero así como en las dos primeras es posible un acercamiento a las respuestas por medio de la religión, la ayahuasca o la cromoterapia, la tercera es directamente un agujero negro, una caries cósmica.

Porque, vamos a ver, ¿en qué cabeza cabe que pudiendo tener como especie los dientes de las lapas, por ejemplo, recubiertos de un mineral llamado goethita que es casi un acero biológico, hemos adoptado como herramienta para masticar esta chapuza tan vistosa pero tan frágil de esmalte y cemento poroso? No tiene ningún sentido.

cepillo de dientes

¡Pasta ya!

Como el intelectual superprofundo que soy, mastico esa cuestión en esta sala de espera de odontólogo reputado mientras suena “Orinoco Flow” de Enya y otros temas estilo nana acuática y ojeo con deleite las piernas con celulitis de las celebrities en la Cuore. Por mucho prestigio que tuviera este doctor, yo aquí no estaría si en la primera ocasión hubiera comprobado que no tenía la Cuore. El Marca está bien. Autopista puntúa alto. El Hola y su sección Sociedad es un básico que no puede faltar mientras esperas a que te manoseen o te hagan daño. Pero la Cuore es absolutamente imprescindible. Si voy a una consulta y no se despelleja a los famosos en papel couché, no vuelvo. Ya no me parece un sitio serio.

Es mi décima visita a este dentista en un año, casi tantas como las que había acudido a cualquier consulta durante mis 48 años anteriores. Al parecer, tengo una dentadura de calidad y, a excepción de dos o tres revisiones y una etapa traumática alrededor de los 18 años en los que frecuenté un protésico dental del barrio, no había necesitado nunca tirar mis babas en una escupidera. Y eso que me lavo lo imprescindible y que el hilo dental solo se lo he visto a Julia Roberts las cien veces que han pasado Pretty Woman por la tele. Un beneficio genético que me ha tocado. Para compensar lo de la dislexia.

Visita al dentista

Juegos reunidos // Jon Tyson

No tengo mal recuerdo de aquella época de empastes paleolíticos, tal vez porque solemos mirar con afecto los lugares en los que hemos sufrido. El protésico hacía su trabajo sin título oficial ni delicadeza, pero era barato, y contaba unas historias fantásticas de Espinosa de los Monteros, donde creció. Tenía una marcada tendencia a colocar sus atributos encima de mi codo. Al tacto, se notaba un tamaño y una solidez extraordinarias, lo que me llevó a pensar que tal vez en el norte de Burgos los penes eran enormes, y que de ahí el nombre de “pasiegos”.

Además, era un hombre sereno. El primer día me recibió en su piso con protectora amabilidad y me dejó en el sillón de dentista unos minutos para acabar de esculpir algún diente problemático en el cuarto de al lado. Yo no había visto nunca nada parecido a aquel artilugio y se me ocurrió apretar botones a ver qué pasaba. Guiándome por los iconos, empecé por abrir el grifo y seguí por activar los mecanismos del asiento. El asunto se me fue de las manos y cuando el protésico regresó yo estaba con el respaldo en horizontal y las piernas apuntando al techo, de manera que tuve que renunciar al disimulo y opté por la táctica de emergencia: la dignidad del idiota. El protésico ignoró mis aires pomposos y, con naturalidad y sin hacer un solo comentario, corrigió mi posición hasta dejarla como estaba. Un señor de confianza.

Radiografía de una dentadura

Yo lo veo muy negro

Desde entonces, como digo, no había pisado prácticamente una consulta. Pero resulta que hace un año se me cayó un diente. Fue durante el desayuno. Escuché un clink inesperado y remoto, a la vez que sentí un desequilibrio dentro de la boca, como una especie de despresurización, y entonces miré el plato sobre el que estaba masticando el pan con mantequilla y vi un cuerpo extraño. Una pequeña estalactita, malograda y amarillenta. Un pececito fosilizado. Un cadáver que levanté y que tardé unos instantes en identificar como mío.

El pariente fallecido era uno de los incisivos superiores, junto a la paleta. Mal sitio. Imposible no ver su ausencia. Imposible no asustarse con esa fractura de mi imagen. De repente, ingresé en la tercera edad. Las metáforas clásicas hablan de un piano al que le falta una tecla blanca o del hueco que deja en la pared de un baño un azulejo despegado. Imágenes de pobreza, de abandono, de vejez. Me deprimí un poco.

Mi pobre diente empezó a morir hace 35 años en las vías, hoy cubiertas, de Avenida de Ferrocarril, en el centro de Bilbao. Entonces era una trinchera repleta de maleza y basura de los setenta por la que pasaban trenes de mercancías y donde solíamos hacer intercambios rutinarios de piedras con unos chavales de Recalde. Un día, un pedrusco que no vi venir me dio de lleno en el diente y lo traumatizó para siempre: al poco, se puso un tono más oscuro y así aguantó hasta el año pasado.

Chica con diastema

No, si ahora será tendencia

Total, que vine a donde este prestigioso profesional a que me pusiera una pieza de repuesto y me quitara diez años de encima. Enseguida empezaron las malas noticias: no tenía hueso para realizar el implante y tendríamos que injertar hueso de vaca y esperar ocho meses antes de incrustar el tornillo. Y después, sin anestesia, me dijo el nombre de la operación: 4.000 euros.

Os ahorro los detalles. Solo diré que el doctor me fue sacando fotos de todo el proceso con una cámara de forense de esas que hacen fiuuuu-chicks para comentar mi caso en algún congreso médico. O sea, que decenas de eminencias se pondrán cachondos con mis carnes abiertas y mi colágeno en Toronto o en Dubai. Seré el objeto de excitación de una especie de porno dental, un bondage de la boca para maduritos.

Oye, que me ha hecho ilusión.

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