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Frenesí multicolor en el centro de San Sebastián

Luces de Navidad en San Sebastián (2019)

Un paseo por el colorido centro de Donostia, que se une a la carrera por una superluminosa Navidad (incluyendo un planetario musical, una noria gigante…)

¡Oh, flúor Navidad! // BI FM
Un planetario musical, una noria gigante y abetos de todo tipo. Un paseo por el colorido centro de Donostia, que se une a la carrera por una superluminosa Navidad.

La cola para subirse a la noria es de todo menos impresionante. Unas diez personas aguardan su turno para subir a la atracción. Una de ellas lanza una pregunta a la taquillera:

– ¿Hoy cuesta dos euros?
– Sí.
– ¿Y el resto de días?
– Son cinco euros. Tome los billetes.

Noria en Donostia

Vistas desde la noria // Denis Itxaso

La familia, cuatro miembros en total, sube arrastrada por la excitación de los dos niños. «Vinimos el año pasado y a los críos les encantó», explica el padre, como tratando de justificar la reacción desatada de sus hijos. Hoy es lunes y el mal tiempo -hace frío, pesa la amenaza latente de la lluvia- ha aguado la fiesta del particular día del espectador de la noria. Ubicada en los privilegiados jardines de Alderdi Eder, a un paso de la playa de la Concha y a otro del Ayuntamiento, fue la novedad de las navidades pasadas. A algunos les parece una horterada, otros creen que está bien como está. Lo cierto es que uno se va acostumbrando a estas ocurrencias y dentro de dos o tres años diremos que la noria siempre ha estado ahí, como los músicos callejeros peruanos o la churrería ambulante Arturo.

Este año el espíritu de la Navidad no tiene tanto que ver con el materialismo posmoderno, como con un frenesí multicolor que ha inundado el centro de la ciudad. El ayuntamiento donostiarra ha destinado 415.000 euros a las luces navideñas, un 20% más que el año pasado, lo que no sé si es mucho o es poco. Hay un indicador más fiable: si pones en el buscador de Google «luces de navidad», Donostia sale en tercer lugar solo después de Vigo (grande Abel Caballero) y Madrid.

Al otro lado de la noria está el carrusel vintage que se montó en los días de Odón Elorza y justo detrás se encuentra una semiesfera de 8 por 12 metros con luces LED y entrada libre. Es un planetario transitable que emite colores intermitentes, del azul corporativo donostiarra a un festín que evoca la atmósfera colorista de los Osos Amorosos.

Luces de Navidad en San Sebastián

No es Vigo, pero… // BI FM

De repente, suena una música a todo trapo. No se sabe muy bien de dónde viene. ¿Del planetario? ¿De la escalinata del Ayuntamiento? Sorpresa: es una de las famosas bandas sonoras del compositor John Williams, concretamente la pieza correspondiente a los créditos finales de ET. El espíritu de la Navidad meets Hollywood. Después viene el turno de un clásico renovado, el «Ole Olentzero» pop de Nerea Erbiti. Lo siguiente podría ser un tema country, una de Rosalía, «Sarri Sarri» de Kortatu o lo que tengan puesto en el «shuffle» del Spotify del gobierno municipal. «C´est beau», comentan unos turistas franceses mientras tratan de captar la imagen del iglú navideño, ahora en silencio.

En la trasera del edificio municipal, semiescondido, aparece un árbol solitario de luces moradas. Recuerda al Joshua Tree de la famosa fotografía de Anton Corbjin en la portada del disco de U2, solo que con un color estridente. Está custodiado por una doble barrera de madera que abarca los cuatro lados, como dándose importancia. Varios paseantes pican en el anzuelo y se hacen un selfie, lo que provoca que otras parejas se hagan más selfies y así continuamente. Dos jóvenes se preguntan que demonios pinta el arbolito:

-¿Es este el homenaje a la paloma de la paz de Basterretxea?-, le dice una chica a su amiga.
-Ni idea. Podría ser.

Luces de Navidad en San Sebastián (2019) // BI FM

¡Me siento navideño! // BI FM

En las calles del centro las luces han eclipsado los boquetes de las obras del metro. Las imágenes de la Barandilla de la Concha se despliegan por la calle San Martín. En la plaza de la catedral del Buen Pastor un recio árbol navideño se erige como un crómlech en Stonehenge. Llegando al río, la plaza Santa Catalina acoge el segundo foco multicolor. De un gran abeto cuelgan las típicas bolitas navideñas. En realidad, es un tiovivo. Los niños se montan en unas cápsulas a medio camino entre la estética 60s y una imagen extraída de Futurama. A su lado, una fila de casetas llega hasta el hotel María Cristina. La primera de ellas está llena de mensajes positivos y de espiritualidad new age. También hay puestos de garrapiñadas, artesanía, ropa étnica y productos vascos; lo esperado, vaya. Al llegar a la plaza Okendo, entre el teatro Victoria Eugenia y el hotel María Cristina aparece un nuevo árbol al que han colocado decenas de ositos, estrellas, niños y regalos colgantes con sus respectivas lucecitas, un alegre y colorido espectáculo al que solo le falta un señor regalando una bolsa de golosinas Haribo.

Al otro lado del río, la ciudad se ha quedado en penumbra, oscurecida por el derroche de luz y color. El Kursaal pasa desapercibido, como el anuncio de una aseguradora antes de que empiece una película. En el puente de Santa Catalina, entre Gros y el Centro, hay una serie de anillas luminosas con forma de herradura, de acordeón o de boca de metro de Bilbao, que cada uno elija. Una señora le hace una foto a una pareja de amigos. Se dirigen al paseo de Francia, donde una larga fila de casetas de madera de todo tipo – venden desde plata de ley hasta maquetas de animales- les aguarda y el universo multicolor del centro se va desvaneciendo a lo lejos, como un sueño absurdo que olvidamos cuando llega la hora del desayuno.

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