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Pedagogo, me aburres a gogó

Burla infantil

Se ha acabado el cole y algunos padres irresponsables hemos repetido y sabemos que tendremos que volver a aguantar el curso que viene a un montón de plastas

Adultos: ¡Buuuuuuu!
Se ha acabado la ikastola y algunos padres irresponsables ya sabemos que hemos repetido curso y que tendremos que volver a aguantar el año que viene a un montón de plastas hipermotivados por la educación de sus hijos. Undécimo capítulo de “Qué pereza todo”. A ver si no me quitan la custodia

Me he pasado la vida huyendo de los plastas. Con catorce años, me dedicaba a sortear a los conocidos que pasaban por delante de mi portal y compartían la ruta por las calles del centro de Bilbao hasta el instituto. Dos veces al día, carpeta con fotos de Jordan y Bird en mano, trataba de ser invisible: frenaba la marcha si uno iba por delante de mí, aceleraba si otro se acercaba por detrás, cambiaba de dirección, cruzaba en rojo y por cualquier sitio con tal de no coincidir con alguno de mis compañeros y aguantar su charla previsible durante diez eternos minutos.

(Por supuesto, no descarto que alguien, sin yo saberlo, estuviera pendiente igualmente de mi trayectoria y por el mismo motivo que yo: evitar a un pesado).

Niño

Mejor solo // Mikito Tateisi

Después de cada examen, también buscaba el aislamiento. No soportaba la ansiedad ajena y la necesidad de comentar las respuestas. Y lo mismo sucedía en el patio, cuando algún medio amigo se me sentaba al lado y me preguntaba: qué, qué cuentas. Creo que fue Nietzsche quien dijo detestar a quien te priva de tu soledad sin darte a cambio verdadera compañía. Y eso que vivió en el siglo XIX. Si hubiera vivido en esta época de ruido, superficialidad y entretenimientos sin fin, en vez de hablar del superhombre (Übermensch) habría hablado del superpelmazo (Überlanweiler).

Sin embargo, lo que es sencillo eludir con 14 años, con la madurez resulta imposible por el trabajo y los hijos. El trabajo te obliga a relacionarte con toda clase de cansinos entusiastas que piensan que el mundo dejaría de dar vueltas sin su aportación en un informe, un proyecto o una reunión. Y los hijos te vuelven convencional (vas donde van todos los padres, a la misma hora y con similar resignación) y vulnerable a los molestos. En los parques, por ejemplo, la gente te habla de su crianza a pesar de que finjas leer una novela o estés jugando en el móvil precisamente para prevenir esas conversaciones. ¿Por qué crees que me interesa más que tu hijo llore cuando le dejas en la guardería que superar el nivel 146 del Candy Crush? ¿Acaso me he metido yo contigo?

Niñera

¿Hablas conmigo?

Contra viento y marea, he mantenido en plazas, playas y piscinas una política de no intervención. Si uno de mis hijos no ha querido dejar un juguete a otro, no le he dado una charla sobre el compartir para que otro consentido deje de lloriquear y su madre (o padre) crea que estamos construyendo un mundo mejor. Si no se lo han dejado a él, le he dejado rabiar hasta deshidratarse. Si se ha pegado con otro, le he permitido fajarse, aun teniendo las de perder. Mientras no vea sangre en el suelo, no conozco a nadie. Mi hijo mayor ha gateado por los suelos de todo San Sebastián. Ha cruzado a gatas incluso pasos de cebra. Y, naturalmente, se ha llevado a la boca toda clase de porquerías a una velocidad que no percibe el ojo humano. A lo largo de los meses, le he sacado una decena de colillas de entre los dientes (era más de tabaco rubio), con lo cual le he garantizado un buen sistema inmunológico y no ha cogido un catarro en su vida.

Básicamente, he criado a mis hijos como me criaron a mí en los setenta: no les he hecho demasiado caso. Tal vez me haya equivocado, pero lo dudo mucho. Y si les he causado desperfectos, ya se pagaran ellos un sicólogo holístico dentro de 30 años.

Infancia

¿Niños? Dejadlos en paz // Jordan Whitt

Como no podía ser de otra manera, he recibido miradas conminatorias por parte de otros progenitores hipermotivados que creen, por lo que se ve, que pueden sortear los obstáculos de la vida y ahorrarles sufrimientos a sus hijos. Sé de padres que juzgan a otros padres si en el parque dan en algún momento la espalda a sus descendientes. Es decir, que monitorizan a sus hijos y te monitorizan a ti. ¿Se puede ser más coñazo?

Y luego está la ikastola, esa reunión de gente obsesionada con chorradas. Por un lado, los padres hipermotivados entran aquí en una deriva protectora que bordea la patología. El año pasado, una madre denunció a la mejor maestra del centro porque la vio tomarse un vino con su marido a mediodía. Yo la hubiera castigado (a la madre) contra la pared después de clase hasta que le entrara la madurez o le hubiera hecho escribir en una pizarra cien veces: No volveré a ser yo misma.

Infancia

Dejen que los niños se alejen de mí // Nathan Dumlao

Lo de algunos maestros también es digno de estudio. Las notas de un niño de 9 años incluyen hasta 67 evaluaciones distintas: “Aporta información sobre el tema trabajado” o “Expresa por escrito vivencias y sucesos”. Puff. Me trae sin cuidado. Y no veo necesarias reuniones cada tres meses para hacer una valoración como si los chavales fueran dementes en un siquiátrico. Salvo que mis hijos claven tenedores en los ojos a sus compañeros, yo les pediría que no me llamaran. A cambio, yo se los llevaré limpios y a la hora, les enseñaré a decir por favor y gracias y no cuestionaré ni una sola de sus decisiones. Como si les rapan el pelo. Pensaré que se lo han merecido. A excepción, claro está, de que su interés por fabricar soldaditos de marca blanca les lleve a intentar estigmatizarlos con un trastorno de déficit de atención u otra de esas moderneces de la secta sicopedagógica.

Yo creo que las cosas son más sencillas y que los críos no requieren tanto cuidado. Y que, al igual que la aprensión enferma, ese excesivo miramiento los convierte en tiranos débiles y narcisistas. Así que mi nota final para el grupo de padres hiperprotectores, maestros modernos y pedagogos motivados todos es la siguiente: notable en diligencia, sobresaliente en atención y matrícula de honor en aburrimiento.

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