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¿Viajar? Quita, quita

Qué pereza viajar

Una reflexión sobre el “tostón superficial y fatigoso” que supone hacer turismo. Un trayecto de cinco minutos hacia la inmovilidad

No pienso ir a ningún sitio
Como dicen que los viajes te hacen más culto, reflexiono aquí sobre el tostón superficial y fatigoso que me parece el hacer turismo desde la más profunda incultura. Sexto capítulo de “Qué pereza todo”. Un trayecto de cinco minutos hacia la inmovilidad

Leo en internet que una chica de 27 años se ha convertido en la primera mujer en visitar los 196 países de la tierra. Por supuesto, de todos esos viajes ha ido dejando constancia en Instagram con hermosas fotografías de belleza inspiradora, junto a comentarios sobre la huella que el camino ha dejado en su espíritu.

Después de su estancia en Pakistán, dice: “Pude sentir el verdadero espíritu de Asia”. El verdadero espíritu, ¿eh? No el otro, el de pega.

Cassie de Pecol

Cassie de Pecol, sintiendo el espíritu de Asia

“Monos, frutas frescas, música excelente y volcanes… ¿qué más se necesita?”, se preguntó después de su estancia en Costa Rica. Se conoce que era una pregunta retórica, porque inmediatamente después se piró al quinto pino en busca de otras cosas que también necesitaba. Es embajadora de la paz, o algo así. Pero no se está quieta en ningún sitio, tranquilamente. Aplausos sincronizados para la aventurera. Admiración popular. Record Guinness. Premios internacionales de la concordia.

Veo las fotos de la muchacha. Lleva un bonito bikini si está en la Polinesia y una chamarra a juego con sus ojos si está en Rusia. El pelo rubio le brilla un montón, menos cuando va a un país de cultura árabe, que lo tapa con una ortodoxa shayla como forma de respeto a las costumbres locales. Se adapta a la idiosincrasia de su destino. Se integra como si formara parte de él. Es una viajera de verdad, no una turista superficial que pasa por los sitios sin enterarse de nada. Es una mujer de su tiempo, que disfruta a tope de la vida y se come el mundo como si fuera una gran manzana.

Yo es que me agoto solo de verla.

La industria del viaje está llevando a la neurosis al personal. Hoy, si no has visto media docena de países del entorno y algún destino exótico, si no has sentido el poder magnético de alguna pirámide en el culo del mundo y no te has hecho una foto con unos asiáticos potrosos, no eres cosmopolita, no aciertas una en el Trivial, no tienes valor en el mercado de los consumidores. Como producto, no tienes denominación de origen. Como entidad, no tienes discurso. Como cuñado, no tienes conversación. Es verdad que hay una corriente de vuelta a lo sencillo dentro de lo cual lo cool es veranear en el pueblo, pero eso es como cuando te compras un pantalón roto o te mueves en un coche viejo por el puerto de Ciudadela. Es otra versión de la misma neurosis: Soy yo, soy distinto. Una mera ilusión de originalidad. Muy cansino.

Mochilero asiático

Ejemplo de foto para petarlo en Instagram

No descubro nada si digo que muchos viajes no se harían si no se pudieran mostrar. Antes se contaban después, con las sesiones interminables de fotos. Ahora se narran esa misma noche, en cuanto consigues un wifi decente. Pero hay que contarlo. No te lo puedes pasar bien sin que no se enteren los demás. No tiene sentido.

Nadie está a salvo de todo eso. Pero yo cuento con un factor de protección 47, que es la edad de mis rodillas y de mi vista cansada, además de la pereza que me ha dado siempre viajar.

Para empezar, tienes que elegir destino, teniendo en cuenta que serás juzgado por ello ante un tribunal de allegados y compañeros de oficina. Si te vas a León, pensarán que eres un triste. Si te vas a Formentera, pensarán que vas de moderno. Si te vas a Tailandia, pensarán que para qué coño hace falta viajar 16 horas de avión si en Formentera hay playas mejores. Sea cual sea tu destino, no tienes criterio. Después, tienes que elegir fechas, vuelos, horarios, presupuestos, alojamientos, guías de turismo. Y hacer la maleta, una habilidad pretecnológica de la que carezco. Hay que acertar en todas y cada una de las bifurcaciones del traslado. Y una vez allí, empieza la gincana del turista, ese esfuerzo diario por aprovechar bien el tiempo, por tachar las visitas de la lista mental, por ver lo que hay que ver, lo que te preguntarán a la vuelta si has visto.

No sé, a mí todo esto me parece una condena a trabajos forzados. Y que haya gente que lo haga con niños pequeños me deja totalmente perplejo. Conozco a una pareja que se fue a hacer un trekking por Yosemite con un bebé de nueve meses. No entiendo nada. Para mí es como ir con tu propia madre a una playa nudista. Como llevarte a un indígena de las Islas Vanuatu a cenar al Arzak.

Viajar

Y encima me harán facturarla…

Viajar es una pesadez. Con suerte, consigues algún instante memorable, pero yo diría que se debe más a la excepcionalidad del momento y a la necesidad de recuperar la inversión que a otra cosa. Para qué querría ir yo a Dubai. Para qué quiero conocer otras formas de vida si soy incapaz de entender a mi vecino de 40 años al que no le hemos conocido novia alguna y que habla con su madre cada noche a las tres de la mañana, en el cuarto de ella. Para qué descubrir otras culturas si puede que tenga al otro lado del tabique al pirado de Psicosis.

Yo me quedo en casita. No quiero ir más allá ni saber nada más. Con lo de cerca tengo bastante. Mi pereza es un equipaje restringido en las fronteras. Mi destino es no viajar.

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