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Mira que eres pesao, Bilbao

Bilbao

Hay que estar loco para no ser de Bilbao. Pero a veces el bilbainismo, de tanto usarlo, acaba cansando a propios y extraños. Octavo capítulo de “Qué pereza todo”. Una lectura recomendada tanto si piensas que Bilbao es el centro del mundo como si estás equivocado

Pesada (de Bilbao) // Alejandro Fdez. Aldasoro
Hay que estar loco para no ser de Bilbao. Pero a veces el bilbainismo, de tanto usarlo, acaba cansando a propios y extraños. Octavo capítulo de “Qué pereza todo”. Una lectura recomendada tanto si piensas que Bilbao es el centro del mundo como si estás equivocado

El noveno de los 86 consejos que dio a su hija el gran místico del siglo XX, Gurjieff, dice: “Cesa de autodefinirte”. No niego la altura espiritual del maestro, pero debió añadir una excepción para demostrar que entendía en su globalidad el funcionamiento de la vida: “Cesa de autodefinirte, salvo si eres de Bilbao, que estarás lógicamente obligado”.

Ser de Bilbao y no contarlo por ahí es un acto contra natura, una aberración de la biología, como una polilla huyendo de la luz o una pulga rascándose un perro. (¿Les decimos que somos de Bilbao? ¡No, que se fastidien!). Cuando volví a vivir en mi ciudad después de unos años fuera, me costó acostumbrarme a no incluir mi procedencia en cualquier conversación con un desconocido, a no encumbrarme a la mínima ocasión sobre ese título nobiliario: yo soy de Bilbao. Decirlo era (y es) como un tic, como despedirse con un agur en Helsinky. Te sale solo.

Bilbao

Los de Bilbao son…

Jon Uriarte afirmaba con gran perspicacia que si alguien en el mundo pregunta de dónde es una persona, solo los de Nueva York, París y Bilbao responderán que son de su ciudad en vez de su país. ¿Por qué sucede esto? Se me ocurren dos posibles explicaciones: la primera es que somos presos de una descripción. En algún momento, nos creímos los chistes de bilbainos (¡Patxi, o estamos a setas o estamos a Rolex!) y los incorporamos a la narración de nosotros mismos con la misma naturalidad con la que se incorporan los beneficios de una clase social privilegiada. Después, vimos que el personaje tenía una buena acogida entre el público, nos identificamos con la caricatura y empezamos a sobreactuar.

Tal vez por eso en Bilbao se tiende tanto a la hipérbole: tenemos Supersur, Superpuerto, el mapamundi de Bilbao, el mercado cubierto más grande de Europa y el único equipo perfecto de fútbol que hizo Dios. Todo aquí es a lo grande, aunque no lo sea, pero qué más da. Cuando se celebraron los 700 años de la villa, se vistió a Carlos Sobera de Cristóbal Colón y se le paseó por la ciudad con 40 grados a la sombra bajo un enorme fervor popular. Fue más que un evento ridículo. Fue probablemente un récord mundial de la ridiculez. Pero de eso se trata. Hay en Bilbao una especie de hechizo colectivo, un condicionamiento invencible que nos impulsa a superar nuestros anteriores entusiasmos. Como si todos nos hubiéramos caído de pequeños en una marmita de bacalao a la vizcaína.

La segunda explicación a nuestra elevada autoestima, mucho más probable, es que, sencillamente, Bilbao es el copón, una ciudad con un claro designio de grandeza. (¡Qué humilde fue Jesucristo, que pudiendo haber nacido en Bilbao nació en Belén!). Y no es cosa de última hora. En 1872, con motivo de la visita que hizo a la villa el rey Amadeo I de Saboya, se cerraron los pórticos de la Plaza Nueva y se llenó de agua y de góndolas para recrear una atmósfera veneciana. Es tan excesivo. Es tan de Bilbao.

Bilbao

La Plaza Nueva, en plan veneciano // Manuel Losada

Además, a todo nativo le cae una herencia envidiable de cualidades: es generoso (“¡oye! ¿Lo de estos 500 no me cobras o qué?”), fuerte, superdotado sexualmente (por la ría, los de Bilbao nadan de espaldas, porque si lo hacen boca abajo no hay suficiente calado y se atrancan), simpático y arrollador. Cómo no van a nacer los bilbaínos donde quieren. No me extraña que se suban al carro los de Galdakao o los de Cercedilla. Hay que estar loco para no ser de Bilbao.

Pero, eso sí, la condición de bilbaíno conlleva algunas exigencias, estar a la altura de la leyenda, cumplir con las especificaciones de la denominación de origen.

Como bilbaíno comprometido, no he llegado a afeitarme sin espuma (me conformo con utilizar Floid After Shave, el que usaba mi abuelo y que pica más que unos calzoncillos de lana), pero me he chupado todos los partidos del Athletic de Ziganda sin caer en las drogas, me he constipado a menudo por ir presumiendo de vigor yendo a cuerpo por la calle a diez grados, he pagado más cuentas de las que me podía permitir y he realizado alguna exhibición de audacia por encima de mis posibilidades, como cuando quise cruzar a nado la ría de Gernika a la altura de Mundaka en marea baja con mi estilo de perro agobiado y la corriente casi me lleva a la isla de Izaro. Menos mal que andaba por allí otro bilbaíno, mejor nadador y nacido en una calle más céntrica que la mía.

Lluvia de Bilbao

Lluvia de Bilbao

Efectivamente, a veces ser de Bilbao da pereza y cansa. Cansa a los propios (al menos a mí), forzados siempre a la hazaña, al alarde, al vocerío. Y cansa a los extraños, que tienen que soportar la muestra reglamentaria de bilbainismo que estamos obligados a dar cuando salimos fuera de casa. A veces, Bilbao resulta pesado. Su influjo. Su incontenible protagonismo. Su toxicidad.

Hace algunos años, estaba yo tumbado en una hamaca de un hotel de la costa brasileña cuando anunciaron por megafonía el inicio de un campeonato de bebedores de cerveza. Ganaba quien bebía más cervezas en menos tiempo, servidas en el bar que había en mitad de una enorme piscina. Se presentaron decenas de entusiastas de todas las nacionalidades. Las eliminatorias se fueron sucediendo y se llegó a una final entre dos extraordinarios borrachos. Les preguntaron de dónde eran. Uno dijo que era holandés. El otro, que era de Bilbao.

¿Hace falta decir quién ganó?

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