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Salir de fiesta con 80 años

Fiesta para mayores en el barrio de Egia (Donostia)

Los domingos se organiza una gran fiesta en el barrio donostiarra de Egia. La pista de baile se llena de jubilados

Fiestón (para mayores) en Donostia // BI FM
Los domingos se organiza una gran fiesta en el barrio donostiarra de Egia. Su pista de baile se llena. La gente se lo pasa bomba. Son jubilados con ganas de pasárselo bien

La música llega hasta la calle Duque de Mandas. Bajando por una pequeña rampa las luces de la discoteca atraviesan sus ventanas como espadachines de colorines. Entrando a mano derecha se accede a la sala de baile. Está abarrotada. Suena un bolero. La mayoría bailan agarrados, en pareja. Algunos, muchos de ellos hombres, charlan sentados en una esquina o, simplemente, se quedan mirando el espectáculo.  El DJ abandona un momento su cabina improvisada. Se sienta en la entrada. Se llama Dámaso Riera y tiene 69 años. A su lado, su mujer, Dora, custodia una cajita de madera y no se levantará de su asiento en toda la tarde. Entrega la entrada -un papelito donde pone «PAGADO», para que no haya dudas- a cambio de un euro. Sonríe a todo el mundo. En general, aquí todo el mundo sonríe a todo el mundo.

“Me gusta mucho la armonía que hay, todos nos llevamos bien y se crea muy buen ambiente”, cuenta María Luisa a sus vigorosos 84 años, que viste un llamativo jersey amarillo y lleva un bonito colgante plateado. Aprovecha el encuentro para pedir al Ayuntamiento de Donostia que amplíe las instalaciones -“el espacio se nos ha quedado pequeño”-, una reivindicación ampliamente compartida. Se calcula que los domingos por la tarde, de 17:30 a 20:30 horas, se reúnen alrededor de 50 o 60 personas en esta sala del hogar del jubilado del barrio de Egia. “Vienen de toda la provincia, de Irun, de Errenteria, Tolosa… y de San Sebastián, claro”. Los sábados también organizan un baile, pero el día fuerte son los domingos.

María Luisa, en la pista de baile

María Luisa (84 años) quiere más fiesta: «El espacio se nos ha quedado pequeño»

De repente, la música se corta de raíz. Algo ha pasado. El DJ pide un momento de atención. Tiene un mensaje que dar al público.

-Ha venido un periodista a sacar unas fotos y va a promocionar el baile. Está ahí detrás.

La gente se da la vuelta y saludo tímidamente. Vuelve a sonar la música. Aprovecho que Dámaso está ejerciendo de pinchadiscos para cruzar la pista de baile y pillarlo en su salsa. Los hay que miran a los demás, los que parece que pasaban por ahí y tienen pinta de despistados, están los bailongos, los dicharacheros y los acarameladitos. Se mezclan locales con foráneos. Se forman dos filas donde bailan sincronizadamente, como en el videoclip «Thriller» de Michael Jackson. El ambiente es muy parecido al de cualquier otra discoteca. Solo que la mayoría tiene más de 70 años y aquí no bebe nadie.

“No les dejamos que metan la bebida, pero pueden ir al bar del hogar, que está en la sala contigua”, aclara Dámaso desde su rinconcito musical. Enseña orgulloso sus cachivaches. Su equipo de música, según dice, lo ha comprado con su propio dinero. Saca de un armario unos cuantos CD, algunos originales y otros grabados, con títulos como «Viva los de la 3ª Edad«, una copia de Coyote Dax y reliquias exóticas y noventeras, como si fuese la sección de discos de una gasolinera española. Después me enseña varios pendrives, cada uno de ellos con colores distintos. “Tengo de todo. Para bailar agarrado, bachatas, salsa, temas movidos, lentas…”.

Dámaso, a los platos, pone patas arriba la pista con sus CD

Hay parejas incombustibles, que no fallan nunca, como es el caso de unos elegantísimos Urbi, 76 años, y Roberto, 79. “Nos encanta bailar, siempre venimos aquí, pero también vamos a las fiestas de Ficoba, en Irun, y los centros cívicos”. ¿No os entra la sed con tanto movimiento? “De vez en cuando nos escapamos al bar y me pido una cerveza. Mi mujer no bebe alcohol”. Domi Rubio, de 82 años, gafas oscuras, camiseta de lentejuelas y pelo recogido, admite que muchas parejas se han conocido aquí. En estas fiestas se liga. ¿Y tú? “A mí no me interesa”, subraya. Para la foto se junta con Maribel, 75 años, y Arlindo, 84. “Soy portugués”, se presenta este último. Tiene un acento muy marcado. “Nací con un pie en Portugal y otro con la frontera con Salamanca. Llevo 54 años sin salir de San Sebastián”, exclama orgulloso. Los tres coinciden en reclamar una sala “más grande y con los techos más altos”. La petición de ampliar las instalaciones es un clamor.

Urbi y Roberto, en la pista de baile

Urbi y Roberto, elegantísimos e incombustibles en la pista de baile

El bar se encuentra al otro lado del pasillo. Es el punto de encuentro del hogar del jubilado. En su amplio comedor los socios juegan a cartas, al dominó o leen periódico. Parece otro mundo. Silencioso, inmóvil.  Uno de los señores que estaba en la pista de baile se me acerca, me mira a los ojos y me pide un boli:

-No tengo, lo siento.

-Es para que me apuntes tu número de teléfono. Esta semana te llamo y te cuento más.

-¿Pero de qué se trata?

-Te lo cuento por teléfono. Tú espera mi llamada. Tengo algo que te puede interesar, pero para eso tendrás que venir a Lasarte.

Me guiña un ojo y se marcha pitando. Por un momento me siento Eduardo Inda hablando con Villarejo en un bar clandestino de Madrid. En la barra me confirman que se sirve poco alcohol, algún chupito a lo sumo, mucho café, mosto y manzanilla. De vuelta a la pista, la fiesta continúa. Hago una foto desde fuera. La gente sonríe. Todos se lo pasan en grande. Y mientras Dora no se despega de la caja, Dámaso, a su lado, observa, con gesto satisfecho, cómo ruge la pista.

Fiesta para mayores en el barrio de Egia (Donostia)

Dora, «portera» de discoteca (para jubilados)

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