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Firmas

Un verano de mierda

Nadar en el mar

Todos los ingredientes de un verano fatal: Albert Rivera, deseos incumplidos, crisis vital y odio eterno a Instagram.

Así pensaba estar // BI FM

Todos los ingredientes de un verano fatal: Albert Rivera, deseos incumplidos, crisis vital y odio eterno a Instagram

1. MÚSICA PARA MATAR

Es un termómetro bastante fiel de los estados de ánimo del oyente. A principios de junio me dio por escuchar impulsivamente “El verano ya llegó” de Cooper. Llovía a mares y pensé que solo una canción de radiante optimismo podía levantar un invierno infinito, al menos en San Sebastián. La canción me recuerda a “La Playa” de Los Planetas por la intro y, especialmente, porque funciona como su improbable y feliz cara B: Jota no escribiría algo así ni con un cargamento de MDMA circulando por su cerebro. Antes debería abdicar de las tortuosas historias de amor y del resentimiento perpetuo, que son su especialidad.

Durante los siguientes dos meses se han solapado grupos y temas favoritos como especies nuevas de babosas halladas en una isla exótica. Mi pequeño listado va de Los Hermanos Cubero a The Growlers y ¡átate los machos y aprieta los dientes torero del pop!, “Wathchild” de Iron Maiden.

El álbum de los Maiden ha llegado un poco por casualidad a mi aseada colección de discos. El caso es que me ha venido de perlas: me he dado cuenta de que el heavy-metal puede cumplir funciones para los que en un principio no estaba destinado. El día que Albert Rivera dijo que los vinilos se habían quedado obsoletos me hice un selfie con el “Killers” de Iron Maiden. El primer selfie de mi vida. Lo juro.

Lo subí a Twitter y le envié un afectuoso saludo.

La playa

El verano que estuviste en la playa… // BI FM

2. DONOSTIA, CIUDAD DE VACACIONES

Mi casa está a unos 10-15 minutos andando de la playa de la Zurriola, pegado al barrio de Gros, que pasa a ser el lugar de peregrinaje de los surfistas y la gente joven. Se supone que soy un privilegiado: vivo en una ciudad donde la gente se muere por venir a hacer turismo, sobre todo en verano. Dicen que para 2019 ya habrán construido al menos 20 nuevos hoteles en un plazo de dos años. Donostia no es una gran ciudad costera, no es Barcelona, ni siquiera se puede comparar con Málaga: aquí viven menos de 200.000 habitantes, aunque hay días que parecemos un millón.

Cuando llega el mes de junio fantaseo con que va a ser el mejor verano de mi vida. “Voy a bañarme todos los días, cenaré sardinas a la parrilla en un chiringuito, veré puestas de sol increíbles. Iré a algunos festivales, tampoco a muchos, que luego me saturo. Comeré rico. Me pondré moreno. Pareceré más guapo y las bermudas y las camisas de manga corta no me harán tener un aspecto ridículo, como de casual day en una oficina del barrio de Salamanca. Seré feliz”.

San Sebastián en verano

Tan cerca. Tan lejos // BI FM

Suena a objetivo asequible, ¿no? ¡Ja! Sería más fácil que Gerard, de El Último Vecino, aprendiese a afinar la voz: a) Trabajo en verano y normalmente lo hago con más intensidad que el resto del año para sacarme un dinerillo extra b) Los veranos donostiarras no son precisamente secos c) Este año el agua da asco d) Para ir a comer unas buenas sardinas y que no te tomen por guiri, hay que coger el coche y yo no tengo ni carnet de conducir e) He terminado yendo a todos los festivales que he podido f) g) h) Ni he conseguido ponerme moreno, ni estoy más guapo y mucho menos en bermudas, que, a ver, parezco un espantapájaros playero.

3. CRISIS DE LOS CASI 40

Mi edad es ambigua: tengo 37 años, lo que al parecer es un enigma para el mundo. Hace unas semanas, en el Euroyeyé de Gijón, estaba tomando algo con unos amigos y conocidos en una terraza. Entablé una conversación con una chica. Le pregunté por su edad, que es uno de mis temas más recurrentes junto con las alturas de las personas y el pelo.

-Tengo 26, ¿y tú?
-Un montón, 37.
-Te echaba 30 o 32.
-¿En serio?
– Sí, sí.
-Joder, ¡qué bien!

Ha sido el momento más feliz del verano.

Verano de conciertos

¡30! ¡Bravo! ¡Bravo! // BI FM

Solo una semana después -apunto aquí, del mismo año 2018- otra chica de veintitantos me echó 43 años. Se derrumbó mi felicidad, quedó sepultada bajo los escombros de un rascacielos de Dubai. Era un triste y viejo fiambre al que ni siquiera los perros rastreadores hacían caso. Ubicación: festival Sonorama, Aranda de Duero, donde tienen la extraña costumbre de ir a los conciertos con escopetas de agua. Una plaza desierta, un calor infernal de meseta castellana. No servían cerveza fría en varios kilómetros a la redonda y había que desplazarse hasta un LIDL extraviado en la provincia de Burgos. La imagen de aquella plaza era desoladora: parecíamos sudorosos corderitos en un horno de leña esperando a que saliesen al escenario los donostiarras Pet Fennec.

A la chica Z, que conocía de vista, le faltó muy poco para hablarme de usted, sacarme un Cardhu con hielos y encenderme un pitillo de Ducados. El tira y afloja para llegar a mi edad real duró una eternidad o eso me pareció. Z solo aflojó cuando amagué con enseñarle el DNI. Fue humillante. No le dije nada sobre su cara de paella mixta recalentada y sus pintas de neopunk de aldea. Enmudecido, hundido en la miseria, troté a la zona de sombra para seguir el concierto.

4. ODIO A INSTAGRAM

Hace tiempo que no viajo al extranjero, si descartamos a Francia como país extranjero (lo tengo cerquita de casa) y un breve viaje a Holanda por motivos familiares. Mi yo aventurero lo debí dejar en un viejo hamman de Estambul en 2011. En aquel vetusto baño turco, ubicado en un barrio cochambroso al que no entraban los turistas, éramos cuatro personas -dos señores masajistas, mi amiqo Quique y yo- y estaba dispuesto a dejarme llevar y que me rebozaran en espuma de jabón y lo que hagan en un hamman semiclandestino de un país musulmán. Tenía la mente en modo “conocer-otras-culturas”, abierta de par en par, en el punto exacto entre Europa y Asia; no era un turista más de bermudas y chancletas con los ojos pegados a la Lonely Planet edición bolsillo.

Desde el viaje a Turquía mis vacaciones se han vuelto previsibles. En parte por falta de presupuesto, pero también por falta de predisposición.

En mayo y diciembre voy al Primavera Sound (Barcelona) y al Purple Weekend (León). En otoño, cuando el sol aún calienta, me escapo a Málaga y también me dejo caer por Granada.

Y ya está.

Música en directo

Aquí, de concierto. Previsible. Ya // BI FM

Hasta hace poquito me parecía el plan ideal. Yo era feliz moviéndome en mi zona de confort. No se me había perdido nada en Tailandia, Indonesia o Vietnam, países que solo me sonaban de oídas y que estaban demasiado lejos o eran demasiado exóticos para mi yo exaventurero. Todo lo que quería (música, playa, paellas) ya lo tenía. El resto era viajar por viajar, a regañadientes.

Pero, últimamente, a mis amigos les ha dado por viajar lejos y me hacen quedar como un pelele:

CONVERSACIÓN 1
-Amigo: ¿Has estado en el Caribe griego?
-Yo: ¿Eso existe?
-Amigo: Sí, se llama Lichadonisia. Es una islita a la que solo van griegos, no hay turistas, tío. Es genial y la comida es muy barata y bla bla bla.
Yo: Ah, pues no lo sabía.

CONVERSACIÓN 2
-Amigo: ¿Has comido ramen alguna vez?
-Yo: Sí, tres veces o así.
-Amigo: El ramen que hacen aquí no cuenta, ¿eh? No es ramen-ramen. Tienes que ir a Japón para probarlo de verdad.
-Yo: Ok.

Luego está Instagram y su bombardeo sistemático de paisajes paradisíacos, bosques frondosos, piscinas naturales y deliciosos pokes. No sé exactamente para qué fue concebida, pero nunca he conocido una máquina tan eficaz que alimente sentimientos criminales y rencor ilimitado. Cada vez que aparece alguien por la bahía de Halong me entran ganas de convertirme en el Charlie Manson de las redes sociales. Al rato, me relajo. Compro una entrada para un concierto y pienso que hay que estar chiflado para viajar hasta Vietnam.

5. EL VERANO YA SE VA

Se me olvidaba hablar de los libros que he leído entre junio y agosto. Tampoco son muchos porque solo leo de noche, antes de acostarme. Es mi somnífero favorito. Empecé con lo último de Kiko Amat (Antes del huracán), he leído dos relatos de mi amigo Alejandro y acabo de terminar Éramos unos niños de Patti Smith, que cuenta cómo llegó de adolescente a Nueva York, conoció a su alma gemela, Robert Mappelthorpe, y juntos sellaron una relación muy especial en la que se mezclan la creación artística, el amor puro y el brillo surrealista del hotel Chelsea.
Aquel mundo de conciertos de The Velvet Underground, Allen Ginsberg, CBGB y recitales de poesía-rock se desvaneció hace 40 años. Ya no existe.

Mi momento favorito del libro es justo antes de que Patti Smith y Robert abandonen el loft que comparten en Manhattan. Se quedan un rato en silencio, pensativos. Observan por última vez su apartamento. Se despiden. Página 224:

-¿Estás triste?-, preguntó.
-Estoy preparada-, respondí.

Puesta de sol

Agur, verano, agur // BI FM

El verano se acaba. Mi hermana dice que ha sido el mejor verano de su vida; yo le digo medio en broma medio en serio que ha sido el peor de mi vida. Nos reímos. Supongo que ella se queda pensando qué hay de verdad en mi afirmación.

Llaman al timbre. Es el cartero. Me acaba de llegar a casa el LP de “Chinese Fountain” de The Growlers y me he acordado de Albert Rivera.

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