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Masustegi, el sorprendente Bilbao que no aparece en las guías turísticas

Masustegi

Visitamos uno de los barrios más altos (y desconocidos) de Bilbao: Masustegi, un pequeño núcleo urbano levantado por sus propios vecinos, trabajadores gallegos llegados en los 50 y 60, y que, tras pasar todo este tiempo fuera de ordenación, fue recientemente adquirido por el Ayuntamiento para poder acometer las reformas pertinentes. Los terrenos habían pertenecido todo este tiempo a los dueños de la cercana cantera, pero el barrio, sin lugar a dudas, siempre ha pertenecido a su gente

El Bilbao más pintoresco (y desconocido) // evol_photo
Visitamos uno de los barrios más altos (y desconocidos) de Bilbao: Masustegi, un pequeño núcleo urbano levantado por sus propios vecinos a mediados del siglo XX. Hasta hace poco, los terrenos pertenecían a los dueños de la cercana cantera, si bien el  barrio siempre perteneció a su gente

Eran poco más de las 7 de la mañana del domingo 10 de julio y ahí estábamos, en lo alto de Kobetamendi, divisando el brumoso Botxo desde una fantástica perspectiva. Pero no, no habíamos madrugado para subir al monte como buenos deportistas, sino más bien al contrario: Nos disponíamos a bajar tras la finalización de la tercera y última jornada del Bilbao BBK Live del pasado año.

Después de haber bailado a los belgas 2ManyDjs, allí no había nada más que rascar, a pesar de que algunos empezaran a deambular por los alrededores cuales boy scouts sin brújula. La mayoría, aún un millar largo de personas, se batió en retirada, optando bien por acercarse a la antigua fábrica de Beyena para pillar un autobús lanzadera, bien por aventurarse a coger un taxi en el barrio de Altamira. Otros, directamente, decidieron bajar a pie a través de las intrincadas escaleras que conectan el alto barrio con el centro de la ciudad.

Masustegi

¡Anda! ¿Y este barrio? // evol_photo

En cualquiera de los casos, la ruta a seguir se encaminaba hacia la izquierda según se abandonaba el recinto del festival. Pero a unos cuantos nos dio un nosequé (creo que alguien gritó “¡eh, que por aquí también se baja!“) y tomamos el camino opuesto, hacia la derecha, en un giro inesperado que ríete tú de los acontecimientos en Catalunya.

El caso es que empezamos a pasear, entre disparos de fotos más que indicadas para Instagram (algunos incluso tuvieron la fortuna de sacarse un “selfie” con el top model Jon Kortajarena), y llegamos a un punto en el que la carretera se bifurcaba, abriéndose camino ladera abajo. “Peligro: Desnivel del 10%“, desciframos en una señal vertical de tráfico los que tenemos el B-2. Y, efectivamente, ¡menuda cuesta! Todos comenzaron el descenso, entre batallitas festivaleras y maniobras de ligoteo de última hora (“pero hombre, qué andas, que son las siete y vas como Las Grecas, tira a dormir“). Yo me detuve, sorprendido por el avistamiento de un conjunto de viviendas, más o menos unifamiliares, pero de variados tamaños y disposición, que jalonaban la ladera colindante. Le hice una foto al inesperado pueblecito y seguí mi camino, ese que terminaba en mi ansiada cama (no sin antes dar buena cuenta de un cortado y un pintxo de tortilla).

MASUSTEGI, ESE GRAN DESCONOCIDO

Desperté unas cuantas horas después (nunca son suficientes como para reponerse completamente de tres días de festival) y me puse a escribir la crónica de la tercera jornada, cuando, editando fotografías, recordé aquella otra que había sacado en nuestro aventurero paseo matutino. “Joder, pues es bien curioso el sitio este“, me dije, mientras rememoraba que, al ir llegando hacia Basurto, me había girado para mirar hacia arriba. Desde allí, aquella ladera de casas desordenadas, apiñadas, casi superpuestas, me había recordado a las favelas de Rio de Janeiro (salvando las distancias). En fin, que desconocía qué era aquello, tan cercano a San Mamés, a Autonomía, a Rekalde incluso… pero, al mismo tiempo, tan lejano y diferente.

Se trataba de Masustegi, según pude descubrir en Internet, donde también había quien lo comparaba con aquellos lares brasileiros que a mí me habían venido a la mente. Pero no, no dejaba de ser Bilbao, sino uno de sus barrios… aunque desde no demasiado tiempo atrás. Al menos, no oficialmente.

Masustegi

La ladera, jalonada de viviendas // evol_photo

Llamé a mi amigo evol_photo y quedé con él para volver a llevar a cabo aquel mismo recorrido mañanero del mes de julio, aunque esta vez sin coartada festivalera. “Pilla la cámara, que les vas a hacer fotos al único rincón de Bilbao que aún no conoces“, le dije.

Nuestra primera parada fue Kobetamendi. Llamaba poderosamente la atención verlo sin perimetrar, desprovisto de vallas, stands y escenarios y con una densidad humana tan baja (un niño jugando al baloncesto con su abuelo en la cancha donde suelen aparcar los trailers, algunos runners de aquí para allá, una pareja retozando en el incipiente cesped y poco más). Ya casi ni recordábamos cómo era aquello antes de 2006.

Masustegi

Ahí mismo hemos visto actuar a Blondie, New Order, Kasabian… // evol_photo

Volvimos al coche, paramos unos metros más allá, pasando la mítica cervecera Cobetas, volvimos a recrearnos con las vistas… y llegamos a la cuesta del 10%. Bajamos… y llegamos a un punto de no retorno, con un pequeño aparcamiento a la izquierda y una iglesia, un bar y una plazoleta a la derecha. Paramos. Aparcamos. Preguntamos. Sí, era Masustegi… y estaban en fiestas (de ahí los banderines y el gentío). “Es San Gabriel“, nos informaron. “Pues ya es casualidad pillar esto en fiestas…“, pensamos. Fotos por aquí, fotos por allá (impresionantes vistas de la Villa), entramos al bar.

Masustegi

Tan lejos, tan cerca // evol_photo

De repente, y a pesar de que acabábamos de divisar la Torre Iberdrola, el Guggenheim, la ría del Nervión y Artxanda, nos encontramos en una dimensión paralela. Aquello no parecía Bilbao. Era como entrar en un bar de un pequeño pueblo de los de toda la vida, con sus precios populares, su barman que también vende golosinas, sus señores jugando a las cartas, sus trofeos deportivos y sus fotografías rebosantes de historia local.

Pedimos dos cañas y nos pusieron sendos cañones. Del precio no me acuerdo, pero no era el de la Plaza Nueva, precisamente. Empezamos a curiosear, ante la atenta mirada de unos lugareños que, evidentemente, sabían de nuestra condición de forasteros. “Los banderines gallegos son porque aquí la mayoría vinimos de Galicia“, nos cuenta un hombre de unos 75 años. “Es que aquí no había nada y lo construimos nosotros, entre todos, unos en los años 50, otros en los 60… por ahí, cuando vinimos la mayoría“. A trabajar a Bilbao, claro. “Bueno, más que a Bilbao, Bilbao… a la cantera“, nos dice, señalando en diagonal hacia el monte.

Masustegi

Lugares por los que no pasa el tiempo // evol_photo

Resulta que sí, que Masustegi fue levantado por sus propios vecinos, originarios de Galicia en su mayor parte, quienes, atraídos por la posibilidad de una vida mejor, se asentaron bien cerquita del lugar donde encontraron trabajo, esa cantera del anexo monte Arraiz propiedad de Miguel de la Vía. El empresario, fallecido en 2010 (y conocido por poseer la famosa colección de Rolls-Royce exhibida en la Torre Loizaga de Galdames), era también el dueño de los terrenos en los que sus trabajadores ejercían de arquitectos y albañiles cuando caía la noche.

Que las casas se levantaran con nocturnidad y bastante prisa no solo respondería a la apresurada necesidad de vivienda de los recién llegados, sino que “se construían por la noche para que no lo viesen los guardias“. Además, en tiempos de Franco, no se podía echar abajo una casa con paredes y tejado, por muy “clandestina” que fuera, como terminó siendo el barrio entero. Un núcleo urbano sin urbanizar de calles angostas, serpenteantes, sin conectar en muchos casos (“no había ni escaleras en algunas partes y teníamos que subir a cuatro patas por la campa“, nos cuentan).

Masustegi

La conexión eusko-galega de Masustegi // evol_photo

Aquellos primeros años (los 50-60 del pasado siglo) no fueron fáciles. Se cuenta que había hasta tres o cuatro familias por vivienda y que cada una de ellas podía servir de residencia hasta para una docena larga de personas. Además, no había luz ni agua y tuvieron que ser los propios habitantes los que fueran implementando el entorno, colocando tuberías, empalmando de un vecino a otro cables de electricidad, etc.

La zona estuvo fuera de ordenación municipal hasta hace muy poco, por lo que no se podían acometer las reformas que, aún hoy, en el siglo 21, necesitaba. El Ayuntamiento compró los terrenos hace siete años, a cambio de 1.757.950 euros. De esta manera, los vecinos de Masustegi (y un poco antes los de Monte Caramelo -o Mintegitxueta-) , el barrio vecino, más pequeño pero de características análogas), pasaron a ser bilbaínos de pleno derecho, “que ya estaba bien, que nuestros impuestos pagábamos, como todos, eh“, nos comenta junto a la iglesia otro veterano de la autoconstrucción.

Masustegi

La iglesia de San Gabriel, patrón del barrio // evol_photo

Aquí se vive nuy bien, y más ahora“, nos asegura, señalando la estrecha carretera, perfectamente asfaltada. Desde luego, nos da la impresión de que esta gente posee un sentimiento de pertenencia superior a la media. A fin de cuentas, no es lo mismo vivir en un sitio que construirte, literal, una vida. Volvemos al coche, subimos el empinado repecho de acceso, seguimos unos metros… y descendemos por la siguiente arteria, nuevamente de un desnivel considerable.

Se nota que parte de la bajada ha sido remodelada hace poco, que hay aparcamientos de reciente creación, que aquello tuvo que ser algo más inhóspito no hace tanto. Además, hay bastantes casas realmente bonitas y, con todo, el sitio resulta acogedor. No es a día de hoy una barriada chabolista, desde luego que no.

Masustegi

Por ahí se va a “Los Botijos” // evol_photo

Llegamos a Estrada Masustegi, que marca el límite entre la parte vieja y los edificios de reciente construcción y subimos a la Plaza de Los Botijos, donde se encuentra el bar del mismo nombre, otro de esos lugares singulares que alberga la zona. Nos dicen que, con motivo de las fiestas, van a contar hasta con mariachis y “bastante jaleo“, pero un cliente afirma que lo mejor llega “cuando la Feria de Abril, que montan aquí un ‘tinglao’ flamenco y todo“. ¡Ah! También tiene fama “el pulpo“, preparado según los cánones galegos, suponemos.

Dejamos el cañón a medias (¿hemos dicho ya que fuimos en coche?) y nos despedimos del pintoresco barrio, no sin antes subir al Monte Caramelo (¡por una pendiente con un 15% de desnivel!) para disfrutar de las vistas desde ese otro ángulo. Este barrio sí que es más fácil de divisar, por ejemplo, desde la A8 en dirección Donostia, pero aún habiéndolo visto toda la vida, no deja de resultarnos llamativo. ¡Que estamos en Bilbao! Pero en ese Bilbao que no, no aparece en las guías turísticas.

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La vida en cuesta // evol_photo

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