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El Disco del Mes: Sean O’Hagan – Radum Calls, Radum Calls

Sean O'Hagan

2º álbum en solitario (primero desde 1990) del líder de The High Llamas (y exmiembro de Microdisney y Stereolab). Una obra «compleja a la par que atractiva»

Sean O'Hagan
Eduardo Ranedo despide 2019 recomendando el segundo álbum en solitario (primero desde 1990) del líder de The High Llamas (y exmiembro de Microdisney y Stereolab). Una obra «compleja a la par que atractiva, mezcla piezas de pop ortodoxo con interludios instrumentales».

Sin ser demasiado prolífico, lo cierto es que el nombre de Sean O’Hagan ha tenido presencia constante dentro del pop con marchamo independiente desde hace casi treinta años. Bandas como Microdisney o, por supuesto, sus troncales High Llamas, su etapa en Stereolab, colaboraciones deluxe con las que se ha ido entreteniendo (The Coral, Susan James, Saint Etienne o los madrileños Wild Honey, por citar algunas) o sus esporádicos intentos en solitario han mostrado siempre su talento pulcro, maestro a la hora de hacer esa especie de pop de cámara grato y luminoso, que lo mismo se alimenta de instrumentos orgánicos -no necesariamente guitarra y batería, ojo- que se nutre de sustancia procedente de las máquinas. Un profundo conocimiento de los entresijos de la historia del pop, un poco a la manera de otros músicos en esta onda como pueden ser Tim Gane (Stereolab) o Bob Stanley (Saint Etienne), y su afán por hacer canciones atemporales le han llevado a consolidar un estatus de culto en el que a cada uno de sus pasos suelen acompañar críticas positivas -cierto que sin grandes alardes- pero, sobre todo, un grado de entrega por parte de su parroquia de fieles que nada tiene que envidiar a la que consiguen los grandes.

«Radum Calls, Radum Calls» (Drag City) llega como un trabajo a su nombre, el segundo desde aquel que publicó en 1990, pero con él no llegan demasiadas cosas que lo diferencien de lo que ha venido ofreciendo últimamente desde High Llamas. Sí que llama la atención que recupere su alianza con Cathal Coughlan, su compañero de fatigas en Microdisney, una participación interesante gracias al aporte de un perfil más punzante que el disco agradece. Fuera de esto asistimos a una nueva remesa de pop barroco y -a su manera- expansivo, lleno de detalles que, a la vez que lo enriquecen, suponen un reto para la atención de un oyente que terminará metido en un pequeño y llevadero trance gracias a su capacidad para sorprender.

Portada de «Radum Calls, Radum Calls» (Drag City)

Obra compleja a la par que atractiva, mezcla piezas de pop ortodoxo con interludios instrumentales. Toda ella está sembrada de pequeñas maniobras sonoras, juegos y trampitas que despistan y te llevan de un lado a otro sin terminar de enseñarte dónde terminará la cosa. Sin recurrir a veleidades avant-garde -aunque sí a algún detallito jazzy que encaja como un guante- O’Hagan salta de fragmentos que remiten a músicas incidentales un poco pasadas de moda a fragmentos repetitivos y un poco machacones que encajarían perfectamente en la banda sonora de un videojuego de los ochenta. También de piezas de aire cinemático a otras de pura orfebrería pop con las que nos recuerda una vez más que, por mucho que nos vengan con cuentos chinos, la melodía es lo que importa.

Intrigante siempre, el disco resulta también un poco frustrante por exceso: a veces la sucesión de trucos sonoros y cambios de dirección termina por resultar desconcertante, hasta el punto de echar en falta algo de pausa que seguro habría servido para mostrar los resultados -y no solo el potencial- de un montón de detalles que apenas están apuntados aquí. En cualquier caso, el disco supone algo así como el reencuentro con ese viejo amigo que siempre fue capaz de sorprendernos con sus trucos y movidas. Y que debería sacarlas a la luz con más frecuencia, aunque solo fuera para evitar que se le acumulen en la chistera.

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