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Puro teatro (octubre): “Jauría”, una obra oportuna, que no oportunista

Elenco de la obra de teatro "Jauría"

Llega a nuestros escenarios el montaje teatral sobre el caso de La Manada. Nosotros ya la hemos visto: No nos gustó nada pero es la mejor obra del año

Elenco de la obra de teatro "Jauría" // Vanessa Rabade
Llega a nuestros escenarios, no exento de polémica, el montaje teatral sobre el caso de La Manada. Pasará por Bilbao y Vitoria este mes y por Pamplona, Santurtzi y Barakaldo el que viene. Nosotros ya asistimos a su estreno en Madrid hace meses. Y, no, no nos gustó nada lo que vimos; eso sí, creemos que es la mejor obra del año

“Qué poco gusto”. “Una vergüenza”. “Aberrante”. “Ojalá no vaya nadie”. Son solo unos algunos de los comentarios más decorosos (creednos, hay hasta amenazas contra el público que “se atreva” a ir a verla) que hemos recibido en las redes sociales de este medio tras publicar la noticia de que “Jauría”, la obra de teatro sobre el caso de La Manada, se iba a representar en Euskadi. Así que ahora mismo, aquí estoy, acojonadito escribiendo estas líneas en las que tengo que valorar la función y en las que, de hecho, me dispongo a defender no solo su existencia sino su valía tanto artística como social. Asumo que, en el hervidero de heces que son a veces las redes sociales, nos lloverán hostias como panes… Pero probablemente casi todas vengan (in)fundadas en una lectura transversal y acelerada de este texto, en una (des)información cimentada a golpe de click y a salto de titular en titular. Pero bueno, si eres de los/as que prefieres construir un diálogo razonado a “proferir” opiniones a la ligera en público, lee al completo y hablamos.

Lo primero y más importante, la condición sine qua non para que pueda existir una obra de teatro sobre el caso de La Manada: Sí, S-Í, los creadores SÍ consultaron a la víctima antes. Lo han explicado por activa y por pasiva, pero en BI FM se lo hemos vuelto a preguntar una vez más. Solo dieron luz verde al proyecto cuando “contestó diciendo que adelante, que no se oponía”, nos corroboran. Y es que, esto va por los/as salvapatrias, esa sería la única posible causa por la que esta función no hubiera sido lícita ni ética: que ella hubiera temido sentirse revictimizada, que hubiera pensado que un furtivo vistazo al cartel anunciando la obra por las calles de su ciudad le fuera a generar siquiera el más mínimo malestar.

María Hervás en "Jauría" // Vanessa Rabade

María Hervás como la víctima // Vanessa Rabade

Superado ya el primer debate estéril sobre “Jauría”, vamos al segundo. No, no se busca aquí reavivar el morbo, ¡solo faltaba! “Jauría” no ficciona, no inventa, no trivializa. Ni siquiera, obviamente, representa lo ocurrido aquel infausto 6 de julio de 2016 en Pamplona. Porque el guion es, en realidad, las transcripciones literales (sí se han recortado y reordenado frases pero no se ha alterado ni una palabra) de las declaraciones realizadas en la Audiencia Provincial de Navarra entre el 13 y el 27 de noviembre de 2017. Es decir, “Jauría” es una obra del llamado “teatro documento” o, como dicen los ingleses, teatro “verbatim” (“palabra por palabra” en latín). Algo así como un documental teatral. Y, este, claro, es un subgénero especialmente concienciado con lacras e injusticias sociales y, por ello, en muchas ocasiones pone en escena hechos luctuosos e historias sobrecogedoras.

Ese es el planteamiento que hace legítima y necesaria “Jauría”. Gracias a esa literalidad sacada de los tribunales, no denuncia un hecho concreto sobre el que no cabe disensión. Lo que hace es exponer el tremebundo ultraje adicional al que “el sistema” sometió a la víctima durante el periplo judicial. Un calvario del que se ha hablado mucho menos y del que no somos tan conscientes. En aquellas sesiones se le reprochó no recordar sentir dolor, no necesitar tratamiento psicológico en los dos meses siguientes, ser capaz de recordar la contraseña de la cuenta de Google asociada al móvil que los violadores le robaron cuando la policía la atendió (“si tan en estado de shock estaba”), no haberles preguntado qué pretendían cuando la arrinconaron para meterla en un portal, colgar una foto con amigos en redes sociales 5 días después… ¡¡¡Se le reprochó hasta “estar suficientemente lubricada para poder mantener relaciones sin sentir dolor” (sic.)!!! ¡Y hablamos de una niña a la que le hicieron todo aquello con los 18 recién cumplidos!

Cartel de

Cartel de «Jauría»

Ese es el incómodo retrato de nuestra sociedad que denuncia un guion reconstruido con trozos de la realidad por el genio Jordi Casanovas (autor de la brillante y retorcida “Idiota” o de otra obra creada en base a transcripciones judiciales, la muy estimable “Ruz-Bárcenas”, sobre el extesorero del PP). Es él quien consigue que “Jauría” funcione como una narración con planteamiento, nudo y desenlace que te ata a la butaca con una mezcla de indignación e intriga, aunque sepas perfectamente qué ocurrió con este caso en los tribunales. Acierta también el director, Miguel del Arco (del núcleo duro de Kamikaze, el teatro madrileño y la productora que ha levantado “Jauría”), al apostar por un espacio escénico gris y aséptico. Sí nos enseña cómo es un cubículo de 3 metros cuadrados con 6 personas dentro (que no es lo mismo leerlo en las crónicas que verlo), pero en todo lo demás deja que el peso recaiga sobre los actores.

Ellos cinco, como esas bestias de la jauría que no se sienten violadores sino que son “hijos sanos del patriarcado”. Ella, María Hervás, sobrecogedoramente memorable como la víctima (apuesta: si el año pasado ganó el MAX y el Ercilla a Mejor Actriz por “Iphigenia en Vallecas”, este año se lleva ambos de nuevo por “Jauría”). Porque no es que la interprete, es que a través de sus frases literales consigue (salvando las distancias) sentirse ella. Y eso la destroza física y mentalmente tanto cada noche que no solo lastra momentáneamente las partes en las que ella misma da vida a la fiscal del caso, sino que la hace venirse abajo cuando la función termina y las luces se encienden (cómo choca ver en ese momento a sus compañeros saliendo prestos del papel para acudir a su lado, arroparla y, literalmente, sostenerla). Y es que cómo duele “Jauría”…

Miguel del Arco y el elenco de

Miguel del Arco y el elenco de «Jauría» // Vanessa Rabade

No, no me gustó “Jauría” cuando la vi en Madrid. Nada. “Gustar” no es un verbo que aplique en este caso. Lo que sí tengo claro es que es la mejor obra de teatro que he visto en lo que va de 2019 (y son ya unas 40 o 50). Porque, tras unos segundos de silencio sepulcral cuando la función termina, logra arrancar gritos espontáneos de “¡¡Yo sí te creo!!” en el patio de butacas, gritos que acaban entremezclados con unos aplausos que son, en realidad, un llanto colectivo por un cambio de paradigma. Y ahí está lo oportuno (que no lo oportunista) de “Jauría”. ¿No es esa la verdadera finalidad primigenia del teatro: lograr la catarsis colectiva? Una catarsis que no sería igual si la obra hablara de un caso ficticio o si se hiciera dentro de 20 años.

Y así llegamos al tercer debate estéril sobre “Jauría”. “Fuck monetizar los dramas” fue la pintada que le hicieron al teatro madrileño en el que se representó la pasada temporada; pero no, amigos/as, la intención aquí no es hacer caja con la desgracia ajena (más allá de que en la farándula tienen la fea costumbre de cobrar un sueldo por trabajar), sino tratar de conseguir que, a través del arte, pasemos de la iracunda repugnancia a la reposada indignación contra un sistema de profunda raíz machista. Y eso lo hace ya “Jauría” desde su propio título. O no te has dado cuenta de que hasta adoptando en los medios el apelativo que aquellos individuos se daban (“manada”, según la RAE el “conjunto de animales de una misma especie que andan reunidos”) estamos siendo injustos con la víctima (jauría: conjunto de perros … que levantan la caza en una montería; quienes persiguen con saña a alguien). Creo, sinceramente, que al arte no se le puede pedir más. Bravo por “Jauría”, la obra de teatro sobre el caso de La Jauría, que no sobre el caso de La Manada.

“Jauría”, de Jordi Casanovas, protagonizada por María Hervás y dirigida por Miguel del Arco, se podrá ver en Bilbao (Teatro Arriaga, 17 a 20 de octubre); Vitoria (Principal, 31 de octubre); Pamplona (Gayarre, 5 a 7 de noviembre); Santurtzi (Serantes, 22 de noviembre); y Barakaldo (Teatro Barakaldo, 30 de noviembre). En 2020 llegará a Donostia (Victoria Eugenia)

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