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Bebés robados en Bizkaia (Parte 2): “El personal sanitario que me quitó a mi hija aún sigue ejerciendo en Bilbao”

Segunda parte de nuestra recopilación de testimonios reales de afectados por estas tramas. Este mes, una obra de teatro y una exposición ponen de nuevo el foco sobre el tema en Bizkaia

El robo más reciente del que nos hablan ocurrió en 1990 // Canva
Segunda parte de nuestra recopilación de testimonios reales de afectados por estas tramas. Este mes, una obra de teatro y una exposición ponen de nuevo el foco sobre el tema

Tras la primera entrega de nuestro reportaje sobre bebés robados en Bizkaia (un drama que estuvo ocurriendo en todo el Estado durante al menos 50 años), publicamos ahora nuevos testimonios reales de afectados. El caso más reciente que hemos localizado aquí tuvo lugar en 1990 en la Clínica Virgen Blanca de Bilbao.

Damos voz a las víctimas al hilo de la obra de teatro “Camiselle” (con Loli Astoreka como una huraña monja implicada en la compra-venta de bebés; el 22 y 23 de febrero en el Teatro Campos de Bilbao y el 29 en el Lizeo Antzokia de Gernika) y de la exposición itinerante y colectiva “Encontrarte. Artistas por la verdad y la esperanza”, cuyo tema común son las “maternidades robadas” en el drama del tráfico de bebes (estará en Bilbao en el Centro Municipal de Begoña del 3 al 13 de marzo y en el de Castaños del 17 al 31 del mismo mes). A esa muestra pertenecen las ilustraciones que acompañan los testimonios de este reportaje.

Bebés robados en Bizkaia

Afectados por el tráfico de bebés, concentrados en Begoña, cerca de la Clínica Virgen Blanca

CHELO. Hospital de Cruces (Barakaldo). Caso a punto de ser denunciado

«En 1972, a los 20 años, iba a tener a mi segundo hijo. Me puse de parto estando en Ampuero a una semana de cumplir los ocho meses de embarazo. Llegué al Hospital de Cruces sobre las 8 de la tarde con muchísimo dolor. En la misma camilla en la que me recogieron a la entrada, me llevaron a lo que yo pensaba que sería una habitación. De repente, me vi sola, aún sobre aquella camilla supuestamente provisional y en una gran sala vacía. No era una habitación, no era un pasillo, no era un paritorio. Era un espacio inmenso y diáfano. En el que solo estaba yo y un cubo con una fregona. No entendía nada.

El dolor continuaba aumentando y empezaba a tener también calambres en los riñones. Además, notaba que el parto iba rápido, que parecía que el bebé se me salía ya. ‘¡Auxilio! ¡Socorro!’, gritaba. Pero nadie parecía oírme. Aún hoy, a mis 68 años, veo aquella imagen claramente: la sala vacía, mi camilla, yo y la fregona.

De repente, abrió la puerta una señora de la limpieza que venía a por el cubo y me vio allí tirada, destapada y ya con la cabeza del bebé entre las piernas. Fue corriendo a pedir ayuda y enseguida llegó una comadrona. Lo primero que hizo fue darme dos tortas con una fuerza que al día siguiente todavía las tenía marcadas en la cara. ‘¡No haga fuerza, que aún estoy leyendo el historial!’. Pero como la cabeza había salido ya, al coger el bebé prácticamente salió solo. Me la puso encima, cortó el cordón, me la arrancó de las manos y desapareció gritándome: ‘Si le pasa algo a su hijo es por su culpa’. En ese momento solo pensaba en que se estaba equivocando, porque yo había visto claramente que era una niña.

Después, ya en una habitación, me trajeron a mi madre y a mi cuñada, que habían estado en la sala de espera las escasas dos horas que llevó el rapidísimo parto. No hacíamos más que preguntar por la niña, pero no nos decían nada, ni si había sido niña o niño, ni si había surgido alguna complicación, ni dónde estaba. Ya tarde por la noche, a las 23:30 h., ellas tenían que irse, porque antes no dejaban pasar la noche en Cruces a las visitas. ‘Pero, ¿cómo nos vamos a marchar sin verla?’, decía mi madre. ‘No se preocupe, mañana la ven’, les dijeron. Pasé sola toda la noche preguntando por el bebé. El personal insistía: ‘No se preocupe, mañana la ve’.

A las 10 de la mañana del día siguiente me dijeron que había muerto ‘anoche, a las dos horas de nacer’. Le dije al médico que cómo no nos lo habían dicho en el momento, que cómo me habían tenido toda la noche en ascuas. También le conté lo que me había hecho la comadrona. ‘¿Eso te ha pasado?’, dio por toda respuesta. Me convencieron de no verla argumentando que me iba a resultar traumático. Yo quería enterrarla en Ampuero, pero también me convencieron de que se harían cargo y la enterrarían en Barakaldo. ‘Hasta te la bautizaremos’. Pedí que le pusieran María del Carmen.

El médico me propuso hacerle la autopsia para que me quedara tranquila. Acepté, y se concluyó que la bebé había tenido ‘una hemorragia meníngea dos días antes de nacer’, y que eso había provocado el parto. No parecía cuadrar con la versión anterior de que había vivido dos horas pero… Les creí. El robo de niños por aquel entonces no era una posibilidad que nadie se planteara.

Dos años después tuve allí mismo otra hija y la vida siguió adelante… En los años 80, con los programas de Paco Lobatón, a veces sí pensaba, viendo aquellas historias, que igual mi hija podía estar por ahí en algún lado. Pero nunca supe qué hacer. Incluso en 2011, que ya me empezaba a rondar la idea de que el mío podía ser uno de esos casos de los que se empezaba a hablar de bebés robados, pedí información en Cruces y parece que solo constaba que había entrado allí de parto.

No hice nada más hasta que el año pasado, en una de las manifestaciones de jubilados en Bilbao, vi una pancarta de la asociación Itxaropena y me anoté el número. Ellos me están asesorando. Hemos descubierto que bautizada no consta en ningún registro de la Iglesia. En el cementerio de Barakaldo tampoco está inscrito su entierro. Y yo en los informes de Cruces no veo más que irregularidades. En un sitio hasta pone que nació el día 11 de enero, cuando fue el día 12 a última hora de la tarde. He estado allí dos veces y me han llegado a dar un escrito que dice, textualmente, que guarde ‘bien’ lo que me han dado porque no me van a volver a dar informes. En breve espero que podamos poner ya la denuncia».

JUAN LUIS. Hospital de Cruces (Barakaldo). Caso no denunciado

«Era 12 de septiembre de 1961. Yo tenía 12 años, una hermana mayor y dos menores. Mi madre, de 38 años, estaba de nuevo embarazada. De 8 meses y medio. Vivíamos en un caserío a 4 km. de Llodio. Colgando la colada bajo el tejado para que no se mojara, resbaló y calló de una altura de casi 2 metros y se golpeó fuertemente la cabeza. Recuerdo que sangraba por los oídos y perdió el conocimiento poco después. Aquello ocurrió sobre las 4 y media de la tarde, pero no ingresó en Cruces hasta las 20 h., ya que las comunicaciones hace 60 años no eran como ahora.

Lo primero que hicieron fue llevarla a hacer la cesárea, porque el golpe había sido muy grave y la prioridad era salvar al niño. Ya no supimos más. A las 18 h. del día siguiente, mi madre murió. Nos dijeron que el niño también había muerto. Nadie vio el cadáver del bebé, no nos dijeron de hacernos cargo de nada, ni si lo iban a enterrar. Mi padre tampoco pudo preocuparse por eso mucho más. De repente, se encontraba viudo y con 4 hijos pequeños a su cargo. Además, era de locos poner en duda a profesionales, a la Iglesia, al Estado.

Mi padre murió en 1998 y el tema para él siempre fue tabú. Tanto aquel hijo, como mi madre. Él lo pasó fatal y nunca habló de ello. Fuimos los hermanos los que, años después al saberse del robo de bebés, quisimos ver documentación oficial. En el legajo de aborto del Registro Civil consta que el feto murió por el accidente de la madre y que ya se lo sacaron muerto. Aunque si el bebé hubiera estado muerto, no tenía ningún sentido que le hicieran la cesárea para intentar salvarlo.

Además, en aquella época, en esos casos se enterraba al bebé con la madre, juntos. Y con mi madre no se enterró a nadie. Pedimos el registro de inhumación en el cementerio de Llodio y, en esos días de 1961, solo consta un feto que se enterró el 13 de septiembre. Tendría que ser ese pero es raro que quedara enterrado en Llodio ya ese mismo día en el que había muerto a eso de las 6 de la tarde en el hospital en Barakaldo. Además, en los documentos consta como enterrado en la parcela ‘Particular 13’, y en el cementerio de Llodio solo existen parcelas numeradas de ‘Particular 1’ a ‘Particular 12’.

Con todos esos documentos es evidente que hay algo que no cuadra. Pero ni siquiera hemos querido denunciar. Hay casos muy posteriores al nuestro que han prescrito, o sea que nosotros no tenemos ninguna posibilidad de que prospere una investigación sobre algo que pasó hace casi 60 años».

MARI CARMEN. Antigua Clínica Ginecoyatreo (Bilbao). Caso archivado

«A los 27 años, estando embarazada de 8 meses, rompí aguas. Era el 2 de enero de 1973. Acudí al médico de cabecera en Markina, donde vivía entonces y sigo viviendo ahora. Me confirmó que estaba de parto, así que salimos hacia Bilbao con urgencia. A las 23 h. ingresé en la ahora desaparecida Clínica Gincoyatreo. Allí estuve una 7 horas con dolores hasta que me anestesiaron y me llevaron al paritorio. Cuando me desperté, tenía a la niña conmigo en la habitación.

Estuvimos unas 5 horas juntas, hasta que el pediatra ordenó meterla en la incubadora. En esa clínica no tenían, así que mi marido y una enfermera fueron con el bebé en un taxi hasta la Fundación Bizkaia Pro-cardíacos, otra clínica también hoy desaparecida en la calle Autonomía, donde se atendía también a prematuros. La dejaron en la incubadora y mi marido volvió conmigo. A las dos horas, a eso de las 14:30, una monjita nos informó de que la niña había fallecido. Añadió que no debíamos preocuparnos porque antes de salir hacia la otra clínica, por si acaso, ya le había aplicado ella las ‘aguas de socorro’, algo que en aquella época equivalía al bautismo en esas situaciones especiales.

Cuando llegó el médico, al preguntarle qué había pasado, se hizo el silencio. Nunca he olvidado lo mucho que a ese hombre le costó empezar a hablar. Al fin explicó que le había fallado un pulmón y que ellos se iban a ocupar de enterrarla en Derio. Fue un golpe muy duro, pero nunca sospechamos nada. Nunca pensé que nos podían estar ocultando algo, creí lo que me dijeron.

Cuando en 2011 empezaron a desvelarse los primeros casos de bebés robados, con mi hija y mi marido, que siempre fue el que más sufrió por este tema, comenzamos a investigar por nuestra cuenta. Como bautizada no aparece en ninguna iglesia ni en el Obispado. Y en los documentos tanto del cementerio como del Registro Civil, figura que la niña falleció en el antiguo Santo Hospital Civil de Bilbao. Es decir, en lo que hoy se llama Basurto y donde ni ella ni yo estuvimos nunca. De allí, supuestamente, la trasladaron a Derio. En el documento de inhumación del cementerio, pone que los gastos del sepelio ascendieron a 100 pesetas, que fueron abonadas por la Agencia Santa Casa de la Misericordia, un organismo de beneficencia. Y eso es muy raro, ya que nosotros éramos una familia acomodada; mi marido trabajaba en Iberduero, lo que hoy es Iberdrola.

De manera informal fuimos a Atención al Paciente de Basurto, pare ver si efectivamente figuraba algo. De la niña no aparecía nada, pero sí constaba mi ingreso allí. ‘Yo no di a luz aquí y en mi vida he estado aquí ingresada por nada’, le dije. La señorita que nos atendió giró la pantalla del ordenador hacia nosotros para que pudiéramos verlo.

Semanas después, ya con el asesoramiento de una abogada, requerimos formalmente la documentación y, esta vez, sí aparecía el historial de la bebé pero no el mío. No hay quien lo entienda… Allí pone que mi hija nació ‘a término’ en Basurto y que falleció allí unas 3 o 4 horas después, cuando en realidad fue ochomesina y estuvo viva 5 horas conmigo en la Clínica Ginecoyatreo y al menos otras dos horas más en la incubadora del hospital de Pro-cardíacos. También ponía que le habían hecho la autopsia, cuando a nosotros nadie nos dijo nada de eso. Viendo todas esas contradicciones, ya interpusimos la denuncia.

El médico que me atendió en el parto, con el que año y medio después daría a luz también a mi hijo, ya ha fallecido. Pero el que atendió a la bebé en Pro-cardíacos sí tuvo que declarar. Dijo que en aquella época podía ser que se llevara a algún bebé a Basurto solo si no había plaza en las incubadoras. Pero mi marido dejó a la niña dentro de una incubadora, lo vio. Y, además, ¿la iban a cambiar de hospital sin informarnos y sin nuestro consentimiento? Los investigados también declararon que la autopsia se solicitaba siempre ‘por escrito y con el consentimiento de los padres’. Pero no fue así, yo ni firmé ni supe nada nunca. Tras 3 años, el caso quedó archivado. Decían que no había pruebas concluyentes».

CHARO. Clínica Virgen Blanca (Bilbao). Caso sobreseído provisionalmente.

«En febrero de 1990 tuve dos gemelas. Era mi primer parto. El ginecólogo que me llevaba se empeñó en que nacieran en la Virgen Blanca, y a mí me pareció estupendo porque mi entonces marido trabajaba en la Autoridad Portuaria, así que nos pagarían todos los gastos y nosotros no tendríamos que desembolsar nada, como si nacieran en la pública. Además, en aquella época parecía que una privada tenía más recursos que Cruces. Mucho después sabría que, al ser un parto de alto riesgo (pues me había tenido que pasar ocho meses tumbada en la cama para no perderlas), lo recomendable hubiera sido parir en Cruces por si acaso.

Nacieron por cesárea y, al despertar, vi que solo tenía cunita. ‘¿Y la otra?’, pregunté. Un trabajador que me conocía mucho contestó: ‘En la incubadora’. Yo lo primero que pensé es que en esa clínica no había incubadoras. Pero él enseguida se corrigió: ‘Que se jodan, te tengo que decir la verdad: la otra nena está muerta’. Me quedé en shock. Yo iba a estar ingresada una semana, estaba con suero, muy débil, atendiendo a la otra recién nacida… No tenía fuerzas para nada y, cuando preguntaba por ella, siempre me respondían: ‘La verás cuando te recuperes’. Lo mismo le decían a mi padre: ‘En cuanto la madre esté mejor podrán despedirse de la fallecida’.

A los cuatro días, ya con algo de fuerza, pedí verla. Me respondieron que ya se la habían llevado al cementerio. ‘Estate tranquila’, me dijo una enfermera, ‘yo me he encargado de vestirla para que la enterraran. Iba como un angelito’. Fue como un lavado de cerebro; te marean, te dicen que no te preocupes, que solo te ocupes de la que sigue vida… Tú estás vulnerable y ellos actúan como si solo hubieras tenido una hija. Al final, a los 7 días salí de allí casi hasta contenta con la cría, aun sin haber visto el cadáver de la otra, sin saber la causa de su muerte, sin saber dónde la habían enterrado… Que nadie me diga que cómo no lo pensé entonces. ¡Era imposible sospechar nada! El ginecólogo era el copón, la clínica privada era lo más… ¡No pones nada en duda!

Y así pasaron 20 años, acordándome de aquel bebé fallecido cada 12 de febrero en la celebración del cumple de mi hija. Pero sin sospechar nada, ni siquiera cuando en 2011 salieron las primeras noticias sobre bebés robados. ¡Para mí aquello no iba conmigo!

Un día, hablando con mi aseguradora, Santa Lucía, me preguntaron desde cuándo estaba vinculada a ellos. ‘Pues, desde que nací estaba en la póliza de mis padres, y como núcleo familiar propio ya desde que nació mi hija y enterrasteis a su hermana’. A la agente no le sonaba el tema de nada. Buscó en mi expediente, en el de mis padres… ‘Nosotros no hemos enterrado a tu hija’, fue la conclusión a la que llegaron.

Como no salía de mi asombro, pregunté en la Virgen Blanca. Al principio no me daban los papeles. Que si ya hacía 20 años, que si los archivos habían cambiado, que si ahora iba a ser del IMQ y estaban informatizando todo… Pero a la semana los conseguimos. Allí pudimos leer cosas atroces que no sabíamos: que mi hija había nacido muy mal, con daños en la cabeza, en los ojos, con partes de la piel desgarradas que podían indicar que llevaba días muerta, que se le había dado dos vueltas el cordón al cuello… Incluso que podía tener síndrome de Down. ¿Cómo nadie me dijo eso en su momento? Además veíamos contradicciones, porque primero ponía que nació de pie y luego como borrado, encima, que nació de cabeza. También se recogía la huella de su pie, cuando si el bebé está fallecido al nacer nunca se hace eso. Pregunté al director de la clínica dónde la habían enterrado y me dijo que ellos nunca se encargan de enterrar a nadie.

No entendía nada… Pensé que nos correspondería el cementerio de Derio, al haber nacido en Bilbao, y pregunté allí. Efectivamente, constaba como enterrada. Así que ya en 2012, con todas esas dudas, puse la denuncia en el juzgado por mi cuenta, aún sin recurrir a ninguna asociación. El fiscal vio claro que había caso. Hablaba de indicios de falsedad documental, de usurpación de bebé… Arrancó la investigación y, tras mi declaración, se pidió la exhumación.

Aquel día, en Derio, estaban la jueza, la secretaria judicial, personal del cementerio, su director, Telecinco, Antena 3, El Correo… No sé quién llamó a la prensa, pero allí estaban. Se abrió la fosa… La gente se imagina que eso es tierra, pero son como nichos bajo tierra, con 3 bebés en cada lado. Mi hija tenía que estar en la segunda balda, en la plaza 42. Abrieron y, efectivamente, se vio la caja al fondo. La sacaron y la pusieron sobre una lona en el suelo. Era una caja blanca, muy viejita pero preciosa. Cuando de ella sacaron una bolsa blanca con un nudo, me quedé helada. Si pillo ahora a la enfermera que me dijo que la había metido en el ataúd toda ‘vestidita de blanco’…

Yo estaba preparada para encontrarme la imagen que uno tiene de los cadáveres cuando han pasado años, o unas telas raídas envolviéndolo. Pero lo que sacaron de aquella bolsa fue una cosita pequeñísma, negra-negra, y aún húmeda, chorreante. Se podían apreciar los brazos, la cabeza… Pero era más como una rana grande que un bebé. Yo pensé: Pues eso debe de ser mi hija.

Allí mismo los profesionales lo midieron, eran 29 cm, y dijeron que le faltaba el corazón, un pulmón, parte de la cabeza y que tenía cortes de una o hasta dos autopsias (algo que yo nunca autoricé en su día). Lo mandaron a Madrid al Instituto Anatómico Forense para el análisis de ADN, que fue ‘negativo no concluyente’. Entre mi hija viva y yo, el resultado era ‘positivo concluyente’, pero con el feto, aunque parecía no haber concordancia, no se podía asegurar pues, según decían, ‘no se seguía bien la cadena del ADN’ de lo deteriorado que estaba. También se decretó que el cadáver había nacido a las 23 semanas y que medía entre 28,5 y 29,5 cm. Mis hijas nacieron a las 38 semanas de embarazo. Y en los archivos del parto está registrado que la fallecida midió 40 cm al nacer. ¿De quién es ese bebé que salió de aquella bolsa blanca?

A pesar de todo, el caso quedó sobreseído. Recurrimos a la siguiente instancia, a la Audiencias Provincial, y se continuó la investigación. Hace tres años, se llamó a declarar a los que me atendieron en el parto, varios de las cuales me consta que siguen ejerciendo en Bilbao. El ginecólogo, el pediatra, la comadrona y un anestesista al que yo jamás había visto. El pediatra llegó a decir que creía que ese bebé llevaba tiempo muerto, igual más de un día o dos. Cuando yo la última ecografía me la hice un viernes y estaba perfecta, y parí ese domingo de madrugada. Incluso entre ellos se contradijeron: el ginecólogo dice que el pediatra estaba en el parto; el pediatra dice que llegó después e hizo el informe de lo que vio…

Tras la declaración de los 4 investigados, el caso volvió a quedar sobreseído provisionalmente por falta de pruebas concluyentes. Hemos recurrido de nuevo y no hemos conseguido nada. Hasta que no aparezcan nuevas evidencias, no lo reabrirían. ¿Qué nos queda? ¿Ir al Tribunal de la Haya? Ya hemos invertido en esto unos 5.000 euros y muchos esfuerzos. Si fuera para sacar algo… Pero es que encima no aclaras nada. Si en nuestro caso no hemos llegado ni a juicio teniendo tantos documentos y un feto que no es mío y que, según hemos sabido después, probablemente es de esos que se tienen en formol en los laboratorios (ya que es en esos casos cuando se deteriora tanto el ADN), ¿qué pueden esperar otros que solo tienen su propia palabra?».

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