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Ocio y cultura

La película de enero: Polanski vs Mendes, dos guerras

Película "1917"

En un mes con títulos interesantes, nos decantamos por «El oficial y el espía» y «1917», dos relatos bélicos con enfoques (y resultados) diferentes.

Fotograma de "1917" // Universal Pictures
En un mes con títulos interesantes, nos decantamos por «El oficial y el espía» y «1917», dos relatos bélicos con enfoques (y resultados) diferentes.

Es habitual que todos los años por estas fechas se agolpen los estrenos -patrios y no- más interesantes de la temporada. Enero y febrero suelen ser meses estupendos, llegan los Goya, los Oscar y demás y «la industria» tira las redes en los caladeros (vamos, que pase usted por taquilla, por si no le van las metáforas) para ver si logran el doblete: una obra de arte multipremiada y que, además, recaude un pastón.

Por ahí andan el «Richard Jewell» de Eastwood; «El faro», con Willem Dafoe; y el documental «Pavarotti». Todo apetecible.

Pero hoy nos vamos a centrar en la diferente visión de la guerra que tienen dos tipos tan sugestivos como Polanski y Sam Mendes, que coinciden en fechas con dos relatos bélicos. Distintos enfoques y, como no podía ser de otro modo, muy diferentes resultados. Empecemos por la aburrida (fuera caretas).

1917: MENDES COGIÓ SU FUSIL

No es coña: el director de «Skyfall» ha adaptado en «1917» un relato que le contaba su abuelo cuando era crío. En la Primera Guerra Mundial, un par de mindundis tienen que atravesar las líneas enemigas para entregar una carta. Lo que hoy haríamos con un wasap. Mendes -que no lo olvidemos, viene de enormes montajes teatrales- elige un tono engolado, hay mucho barro y mucha rata, pero también mucha (pretendida) épica con cerezos en flor, bombardeos que iluminan pueblos fantasma y muertes por la patria.

El problema es que todo es humo, no hay alma, no hay emoción auténtica. El plano secuencia de dos horas (lógicamente trucado -hay, mínimo, una decena de cortes-) se nos hace infinito en su perfección porque luchamos por entrar en la historia pero la propia historia está contada tan fríamente que se nos hace imposible disfrutarla. El arte no tiene por qué ser perfecto, tiene que conmover. En ese aspecto, el film de Mendes resulta un iceberg.

POLANSKI: YO ACUSO

En las antípodas, un Polanski experto en acusar y ser acusado, con una vida disoluta, una madre ajusticiada por los nazis en Mauthausen, una esposa asesinada en Cielo Drive y varias acusaciones de violación mordiéndole los tobillos desde hace décadas, plantea un film («El oficial y el espía») que termina siendo un juego de espejos donde el propio director, como Pilatos, trata de lavar sus manos. La historia real del soldado galo Alfred Dreyfus, que destapó un brutal caso de corrupción militar en la Francia de finales del Diecinueve, está contada desde el punto de vista de su defensor (maravilloso Jean Dujardin, que tras «The Artist» no ha terminado de cuajar), un tipo fascinante que siempre hace lo correcto… incluso cuando va en contra de sus intereses. Un film exquisito que arranca lento pero que va subiendo de graduación y que, como lograba el muy cerebral celuloide de Kubrick, días después permanece aparcado en un rincón de la memoria. Aquí también hay suciedad y ratas, pero todo resulta más creíble -claro que hablamos de un director capaz de que un aquelarre en el edificio Dakota resulte plausible-.

Obviamente, habrá quien vea ambas películas y opine justo lo contrario, pero he ahí la magia del cine. Lo importante es que apague el móvil, se despegue del sofá y recupere la costumbre de ir a una sala. Además, después se puede tomar una caña con una amiga. Que Netflix es muy cómodo, pero no tiene cerveza.

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