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Qué pereza todo

Qué pereza todo

“¿Escribir da gustito? ¿Escribir es una gozada? ¿En serio? Yo digo que no. Y no me voy a andar con rodeos, que me canso: escribir es un coñazo. Qué pereza todo”

Hacer y no hacer es lo mismo
“¿Escribir da gustito? ¿Escribir es una gozada? ¿En serio? Yo digo que no. Y no me voy a andar con rodeos, que me canso: escribir es un coñazo”. Primer artículo de Alejandro Fernández Aldasoro para BI FM. Desde la desgana, la protectora desgana. Qué pereza todo

No me apetece mucho escribir aquí. En los anuncios de los talleres de literatura que ofrecen con escasísima convicción los escritores de segunda o tercera fila como forma de subsistencia suele encontrarse como reclamo un titular desconcertante: el placer de escribir. Flipo. A mí me parece muy bien que vendan felicidad en esto como la venden hoy en día en todo, pero el enfoque me deja helado. ¿Escribir da gustito? ¿Escribir es una gozada? ¿En serio?

Yo digo que no. Y no me voy a andar con rodeos, que me canso: escribir es un coñazo. Sobre todo si no tienes en realidad nada que decir y las circunstancias te fuerzan a hacerlo. Y ese es precisamente mi caso. Me llaman de BI FM y me dicen: oye, Alejandro, hemos leído algunas cosas tuyas que molan y nos preguntábamos si querrías participar en este nuevo proyecto con un artículo mensual de tema libre. Ya. Muy bien. Muchas gracias. Encantado. Lo que pasa es que yo no tengo opinión sobre asuntos que a todo el mundo le parecen interesar: los inmigrantes ilegales, Trump, el calentamiento de los Polos, la novela “Patria”, la literatura vasca, los Oscars, las puertas giratorias, el Zinemaldi, Cataluña, el autobús de “Hazte Oír”, la reparación a las víctimas del terrorismo, el estado de la cultura… Todo eso me da igual. Me resbala. Me aburre. Me da una pereza que te mueres solo pensarlo.

Belén Esteban

Cofradía de la Santa Pereza // @acidotvideo

Soy un solipsista y un dejado que de vez en cuando se hace un texto encima. Pero sin un plan, sin objetivo intelectual, fisiológicamente. Escribir por obligación u obligarte a escribir me parece pretencioso, cargante y un poco infantil. Una cosa de la mente, como querer ser osteópata así de repente, o cantautor, o feliz. Un empeñarse, que es una de las ideas que más detesto. No lo veo. Eso sugiere no conocer demasiado el funcionamiento del mundo, que es tanto como decir que eso sugiere no conocer demasiado de uno mismo.

Veamos la pesadez de las dificultades. Primero hay que elegir el tema. Un tema que,a poder ser, no se haya tratado millones de veces ya por el ejército de opinadores que nos bombardean con sus pensamientos por tierra, mar, aire y redes sociales. Puedo elegir algún asunto de actualidad, que siempre parece tierra virgen, pero ya digo que la actualidad, esa repetición sin fin de los mismos errores humanos, no me dice nada. Así que he de recurrir a los lugares comunes. Y luego tengo que elegir bien las palabras, como cuando decido qué me pongo cuando me llevan a ver a un cliente de la agencia en la que trabajo. ¿Me presento con palabras informales o distinguidas? ¿Discretas para similar humildad y respeto a la escala jerárquica o un pelín estrambóticas para parecer más creativo de lo que soy? Buf. Perezón. Escribir así es aparentar. Y aparentar cansa.

Otra cosa es que escribir te salga solo. O que utilices la escritura como forma de ser alguien en la vida, tener otros admiradores aparte de tu perro y conseguir algún rescoldo del viejo prestigio de los escritores con el que calentarte durante el largo invierno. En ese caso, puede que escribir te resulte divertido, pero entonces el tostón es para los demás. Generalizo: los escritores tienen que sufrir, y los lectores, disfrutar. Si es al revés, malo.

Es solo una opinión, por supuesto, y tal vez la adopto para darle a mis limitaciones un barniz de grandeza, en plan mecanismo de defensa. Pero la verdad verdadera es que para mí escribir es una cosa bastante penosa y desagradable, un suplicio comparable a la reunión de planning en la oficina cada lunes a las ocho y media de la mañana, una gran incomodidad que me pone de mal humor y que desde el mismo momento que empiezo solo pienso en quitarme cuanto antes de encima. Además, he escrito algunos libros y varios artículos, y me parece que ya he contado todo lo que sé, o lo que creo que sé, porque tampoco sé si sé.

Qué pereza todo

Cuando escribir no sale solo

¿De qué coño voy a escribir? Me parece imposible no repetirme. Y no me apetece buscar asuntos alternativos.

Entonces se me ocurre una idea: escribir de la pereza que me da escribir. Y después escribir de todas las cosas que me da pereza hacer: ir a la playa, mi cumpleaños, las reuniones de padres, comer una manzana a media mañana, abrir el buzón… Un montón. Más cuanto mayor me hago. Podría hablar de ello. Contar historias desde mi querida desgana, mi protectora desgana, mil veces más distinguida que los mezquinos valores del trabajo, mil veces más nutritiva que la bulímica tentación de aprovechar el tiempo al máximo, de vivir intensamente como si no hubiera un mañana.

Rafael Berrio decía en una entrevista que tenía la impresión de que hacer y no hacer era lo mismo y conducía al mismo sitio, y que por tanto no hacía. Joder, es exactamente lo que siento yo.

Dicen que sabes que te estás haciendo viejo cuando el entusiasmo de los jóvenes te cansa. A mí me daba pereza el entusiasmo de los jóvenes cuando tenía veinte años, así que ahora ni te cuento. Te lo contaría, pero otro día. Ahora me da pereza.

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