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Reikiavik, conexión Bilbao (Por Alma Botxera)

Anchoas de la taberna Basaras

Alma Botxera se estrena en BI FM contándonos cómo fueron sus vacaciones en Islandia… y qué tuvo que hacer, de vuellta en el Botxo, para reconectar.

Anchoas 'influencers' del Basaras // Alma Botxera
Lejos de dejarse impresionar por la belleza de Islandia (que también), Alma Botxera se estrena como colaborador de BI FM contándonos qué tuvo que hacer, a la vuelta de sus vacaciones vikingas, para reconectar con “lo nuestro”

Vuelve el tráfico a las calles, los niños al colegio y los adultos al trabajo, y el catálogo de IKEA a nuestros buzones. Hay que aceptarlo, es septiembre.

Durante las vacaciones, igual que todos los años, intenté buscar la paz y tranquilidad que eché de menos durante el año. Las encontré tarareando a los Junip por las mismas carreteras por las que Walter Mitty descendía en skate hasta el hotel Aldan, en Seydisfjördur.

Cascada en Islandia

Buscando el sirimiri // Alma Botxera

Islandia ofrece una naturaleza prodigiosa y, como un libro de “Ingurunearen Ezaguera”, presenta todos los fenómenos naturales que puedas echarte a la cara: glaciares, géiseres, volcanes, fallas y cuevas, auroras boreales y cientos… ¡miles de cascadas! Una maravilla.

Eso sí, fiordo visitado, pueblo fantasma. Pero, “¿dónde se meten estos vikingos?” La respuesta, fácil: en casa. Era su verano, pero seguían entendiendo la vida hogareña como fórmula para ser feliz, lo que se conoce con el término ‘hygge’. Que está fenomenal, pero aparcad esas mantas y el té para los domingos lluviosos, digo yo.

Pueblo islandés

¿Y el pintxopote, dónde? // Alma Botxera

Gastronómicamente no aportaba absolutamente nada, y, además, a precios desorbitados. Así que el jamón envasado del Claudio nos dio la vida esos días. Una vez más en el extranjero, una vez más valorando “lo nuestro”. No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, eso se dice ¿no?

Mi tarjeta de embarque Reikiavik >> Bilbao fue una reconexión urgente con Bilbao en lo social, pero, sobre todo, en lo gastronómico. Somos diferentes, somos singulares. Aquí la vida la hacemos en la calle. Nos gusta el meneo, nos va la marcha. Que llueva no es impedimento para estar bajo el paraguas con el codo marcando los 90 grados reglamentarios y sujetar el zurito. El poteo es religión, las rabas de los domingos, una obligación.

Pintxos en Bilbao

Reconexión en 3, 2, 1… // Alma Botxera

Así que mi objetivo durante los siguientes días fue llenar la barrita de ‘botxerismo’ hasta los topes y así recordarme a mí mismo y a vosotros que lo que tenemos es algo particular. Un alegato, una puesta en valor de nuestras raíces. En unos tiempos en los que las cartas de los restaurantes se llenan de “baos, wakames, tatakis y pokebowls”, reclamo una vuelta a lo tradicional sin dejarnos distraer por artificios.

Esta reconexión con el tradicionalismo debía iniciarse en la calle de El Perro, la única calle del Casco Viejo que aún resiste a modernidades y trampas para turistas. Bares como el Rotterdam, Urbieta y el Rio-Oja ofrecen aún en cazuela de barro raciones de esas comidas que nos guisaban las amatxus: txipirones, caracoles, mejillones con tomate, guisado de ternera, rabo, albóndigas, callos, morros, patas… “Tráeme más pan que voy a dejar este plato reluciente”.

Bar Rio-Oja

Toma pan y moja (en el Rio-Oja) // Alma Botxera

En la calle Pelota la visita a la taberna Basaras se hacía imprescindible, por las exquisitas anchoas con alegría que nos prepara Bea y también para rendir homenaje a Pepe, quien nos dejó repentinamente el pasado mes de agosto. Con uno de esos crianzas que él seleccionaba para la bodega de su local, copa en alto… Goian bego, Pepe!

La barrita fue subiendo y, para no cortar el ritmo, me acerqué a la castiza calle Iturribide. Aprieta el sol y, otro domingo más, esta esquina del Casco Viejo está hasta arriba. El Bar Fermín es otro de esos bares a los que podemos denominar “La Resistencia”. Su barra, repleta de pintxos (tradicionales, claro). Las gildas de allí se me antojan como una las mejores de la villa pero, aunque pocos pintxos son más representativos, esta vez el cuerpo me pedía su bacalao marinado en aceite y más alegría. ¡Bacalao! ¿Sería islandés? ¡Qué paradoja! ¡Qué ricura!

Pintxos del Bar Fermín (Bilbao)

¡Bacalao, bacalao, bacalao, bacalao! // Alma Botxera

A pocos metros nos hacemos fuertes en la barra del Bacaicoa para seguir pecando con los pintxos que llevo comiendo desde hace tres décadas. Txorizo al infierno, seta al purgatorio o txanpi a la gloria. Entre pan y pan… pa’dentro con la ayuda de un txakoli. Qué sencilla es la vida a veces.

Pintxos en el Casco Viejo

Pecando en la Plaza Unamuno // Alma Botxera

Cuando, en 1925, le cascaron una multa a un almacén de vinos por servir txikitos, el señor Magencio Trigueros no se imaginaba que aquella bodeguilla del cantón se convertiría en un legado que pasaría de padres a hijos. Porque somos muchos los que nos recordamos en Bodega Joserra junto a nuestros aitas zapando bocadillos recién montados, de bonito desmigado con divisa, de queso o de cabeza de jabalí. Ahora somos nosotros quienes empinamos el codo con una botella de clarete y gaseosa mientras miramos curiosos la multa de la que os hablo, la cual tienen enmarcada.

Bar Joserra, en el Casco Viejo de Bilbao

Joserra, entre Tendería y Artekale // Alma Botxera

Al igual que me pregunto quiénes cantarán bilbainadas por las Siete Calles en unos años, me pregunto si en el futuro, esta generación, la de cocina de supervivencia, la generación del Just Eat, seremos capaces de reproducir las recetas que guisan nuestras amatxus. Y me da un escalofrío pensar en algo tan apocalíptico que ya le he puesto remedio. Un cuaderno nuevo, un delantal y un día a la semana para que Amatxu, guisandera de primera, me pase esas recetas en las que las cantidades no se miden en cucharadas, sino en “poquitos de esto y de lo otro”.

Porque “lo nuestro” no puede perderse, on egin!

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