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Germán Castañeda

Puro teatro (diciembre): Christina Rosenvinge se pasa al teatro con «Safo», una ‘ida de olla’ muy disfrutable

El Arriaga de Bilbao acoge una única función de “Safo”, un performativo y desatado concierto teatralizado basado en la escritora griega.

Christina Rosenvinge
El Arriaga de Bilbao acoge una única función de “Safo”, más que una obra de teatro un concierto teatralizado que, basado en los poemas de la escritora griega, apuesta por una bizarra espectacularidad al estilo de la Lady Gaga más desatada y performativa

ACTUALIZACIÓN: «El Teatro Arriaga comunica que, por motivos técnicos y logísticos, la función de la obra Safo, prevista para el día 10 de diciembre, queda cancelada. El Teatro Arriaga lamenta las molestias que esta cancelación pueda ocasionar e informa de que reembolsará el dinero a todas las personas que hayan adquirido entradas para este espectáculo, a través del mismo canal de venta que se utilizó para la compra. Más información en la Oficina de Información y en las taquillas del teatro».

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Cuando salí del barcelonés Teatro Romea de ver «Safo» este verano, escuché a una chica del público comentar: «¡Ha estado guay! Pero la verdad es que es una ida de olla». Y no puedo estar más de acuerdo. Porque, ¿qué es «Safo»? No es una obra de teatro al uso, desde luego. Tampoco es un musical sobre la conocida poetisa de la Antigua Grecia. ‘Concierto teatralizado’ es la expresión que veo más acertada para describir el show; ‘poema escénico, musical y visual’, es lo que decía el programa de mano. Pero, pongámonos primero en situación, para que sepas qué vas a encontrar el 10 de diciembre si te acercas al Teatro Arriaga de Bilbao.

Para sus ediciones de este 2022, el Festival Grec de Barcelona y el Festival de Teatro Clásico de Mérida (junto con el mencionado Teatro Romea) decidieron coproducir esta pieza sobre Safo (650/610 a.C. – 580 a.C.), aquella mujer nacida en la isla de Lesbos (actual Mitilene) a la que Platón llamaría la ‘décima musa’, una poetisa de cuya vida poco se sabe y de cuya obra se estima que sólo nos ha llegado un 10%. La intención no era, como suele abundar en los certámenes de teatro greco-romano, hacer una nueva adaptación de un texto clásico, sino levantar una nueva producción contemporánea sobre la figura que originó el concepto de ‘safismo’ (lesbianismo, según la RAE, y normalmente aplicado a mujeres lesbianas y bisexuales).

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Christina Rosenvinge en «Safo» // David Ruano

Como la información histórica del personaje es escasa y, en su mayoría, derivada de conjeturas, lo que se quiso es, más que contar su biografía, homenajearla. O, más bien, homenajear ese símbolo que representa del ‘amor entre mujeres’, recreando para ello lo que pudo ser su ‘thiasos’ (llamada Casa de las servidoras de las Musas), una sociedad-escuela-conservatorio que fundó para que las jóvenes nobles se educaran, recitaran poemas, cantaran… y, según sus textos dan a entender, se enamoraran y mantuvieran relaciones. La música Christina Rosenvinge, la directora Marta Pazos y la dramaturga María Folguera serían las encargadas de dar forma a un show que nos llevaría al mundo de Safo basándose en sus poemas originales.

Ellas son el alma del espectáculo y comandan, respectivamente, los tres pilares en los que se asienta. Por un lado, la música de Rosenvinge (una gran colección de nuevas composiciones creadas ex profeso y que son, realmente, lo mejor de «Safo» y el verdadero motor de la acción). Por otro, una potente y onírica ambientación conseguidísima (gracias a Pazos, que además de directora es responsable de la escenografía -y que tiene como sello en sus creaciones escénicas unos coloridos difíciles de olvidar-). Y por último, una dramaturgia (responsabilidad de Folguera) que es, quizá, lo más flojo, pues no profundiza, se enreda en repetir conceptos y situaciones y no llega a acercarnos de verdad a esa icónica mujer.

Escena de la obra de teatro «Safo» (2022) // David Ruano

En escena, lo que tenemos finalmente es esa especie de concierto teatralizado al que aludíamos al principio, en el que la propia Rosenvinge encarna a Safo. Cuando canta y toca en vivo sus nuevos temas, brilla (imprescindible este show para fans de la cantante). Pero cuando le toca interpretar, la cosa se encalla. Porque no, Rosenvinge no es actriz a pesar de sus incursiones en el cine y en el teatro. Y sus carencias interpretativas llegan a ser flagrantes (esperamos que en estos meses de gira desde que nosotros vimos «Safo» la cosa haya mejorado al menos un poco).

La directora acierta al reducir al mínimo esos momentos en los que Rosenvinge tiene que actuar y defender textos hablados. Además, para arroparla, tiene a otras siete polifacéticas mujeres (actrices, cantantes, músicos, performers, bailarinas…), que llenan de sobra el escenario: Irene Novoa, Juliane Heinemann, Lucía Bocanegra, Lucía Rey, María Pizarro, Xerach Peñate y, sobre todo, una Natalia Huarte carismática y robaescenas (la navarra -vista en obras de Sanzol como «El bar que se tragó a todos los españoles» o «La valentía»– está despuntando en los últimos años y le auguramos un carrerón teatral).

Reparto de «Safo» // David Ruano

Lo que finalmente nos da «Safo» son 90 minutos de colorido y rompedor espectáculo performativo en el que se suceden una serie de impactantes números musicales. Cada uno de ellos es un trazo que va pintando, algo deslavazadamente, el retrato de Safo: nos hablan de su fama entonces, de cómo su obra se perdió, de cómo cayó en el olvido, de su capacidad para plasmar en palabras el amor, la pasión y el placer sexual femenino, de cómo la Historia siempre ha ido relegando a las mujeres…

Pero, aviso, hay que ir con la mente abierta y dispuesto/a a dejarse llevar. Y, sobre todo, no se debe esperar una ‘obra de teatro’ al uso. Porque aquí puedes encontrarte, sin hilo argumental aparente, a una mujer devorando una sandía con las manos, a dos chicas bailando con unas coles sobre un mar de plástico o, claro, más de uno y más de dos y más de tres desnudos. Pero también puedes deleitarte con un número inicial que obnubila y arrastra desde el primer segundo, con una pieza de Rosenvinge sola a la guitarra acústica que desarma por su belleza o con número final de un poderío escénico y musical incontestable. Ya lo advertía aquella espectadora en Barcelona al salir de la representación: esto no deja de ser una «ida de olla» muy loca, sí, pero también maravillosa, entretenida y muy disfrutable.

Porque, ¿a quién no le apetece pasar hora y media en la Casa de las servidoras de las Musas de Safo? La experiencia merece la pena. Palabra.

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