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Calamaro, el dentista asesino (Bilbao, 29/05/2022)

Crónica del concierto de Andrés Calamaro en el Palacio Euskalduna de Bilbao, dentro de su gira «Tour 22». Una remontada en toda regla

En el Euskalduna // David Mars
Crónica del concierto de Andrés Calamaro en el Palacio Euskalduna de Bilbao, dentro de su gira «Tour 22». Una remontada en toda regla

Contaba un pipa que había girado con Andrés Calamaro en su época más salvaje que, en un tour por Latinoamérica, el cantante les había hecho parar la furgoneta para comprar un bocadillo en uno de esos puestos al borde de la carretera, había tirado el bocadillo por la ventanilla, se había quedado con el papel de plata y había ordenado seguir ruta.

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A sus 60 castañas vividas con ruido y furia, el bonaerense pertenece a esas vacas sagradas que florecen en verano (Rolling Stones) para compartir liturgias, vaciar bolsillos (65€ la entrada) y mitificar la juventud pérdida. Ojo, la suya y la del respetable, ya provecto, que formó fluidas colas para acceder a un Euskalduna más que medio poblado por profesiones liberales que consumen rock vía Springsteen o Elliott Murphy. Nada que objetar, yo también lo hago.

Puntualísimos y en formato quinteto (guitarra, bajo, batería, teclas y el líder a la voz y maracas) aparecieron el porteño y sus secuaces para atacar «Bohemio» y seguir con «Hong Kong» (sí, la de C. Tangana, pero aquí con trazas de Lennon en un par de estrofas).

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No nos lo podíamos creer. El sonido era tan deficiente que recordaba a cualquier fiesta patronal de barrio. Voz mate, batería sonando a lata, todo enmarañado. «Suena mal, Andrés» gritó entre «Gaviotas» y «Media verónica» un fan desesperado en fila cinco. «Mal, no, fatal» apostilló el caballero a mi derecha. Tras media hora larga (fueron 35 minutos, pero se nos hicieron eternos) apareció la luz al final del túnel: teníamos la duda de si esa sería la luz del tren que finalmente nos atropellaría pero «Estadio Azteca» fue el primer rock sin complejos y un punto de inflexión de un bolo que, desde entonces, fue a mejor. A mejor porque el margen de mejora era inmenso, digámoslo todo.

Andrés Calamaro en Bilbao // David Mars

Calamaro mencionó que esa era la primera gira sin Maradona, recordó a Vangelis, al fundador de Depeche Mode, al «Uno de los nuestros» Ray Liotta y añadió «joder, qué semana». También tuvo unas palabras para su dentista, que le había sacado una muela de mala manera. «Necesitaría 10 o 20 minutos para explicárselo, pero no es el momento», contó resentido.

Sonó «Maradona» (facilona), «Espérame en el cielo» (el clásico de los Panchos) y «No se puede vivir del amor» de los llorados Los Rodríguez y en cada tema el sonido subía un escalón.

Con sus gafas de aviador y un pañuelo rojo en el pelo («se ha escapado de una despedida de soltero en San Fermín», escuché a mi izquierda), Calamaro empezaba a estar fundido y, como gallo que ha sido y es, tiró de orgullo, trucos y apostura. «El salmón» le quedó chuleta y remató con una traca tan populista como efectiva: «Flaca», «Alta suciedad» y un «Paloma» bien resuelto.

Desapareció el quinteto en la oscuridad para protagonizar un minuto después la gran mentira del rock: los bises. Y ahí vivimos el momento más divertido de la noche, con Calamaro con una toalla blanca sobre la espalda (pensamos en James Brown y su numerito de la capa) demostrando su argentinismo en una perorata interminable sobre por qué el Madrid era el mejor equipo de Europa. «Messi en suelo vasco, los Stones en Madrid y el Madrid, campeón. Qué maravillosas coincidencias.»

Remontando como el salmón // David Mars

La pitada fue de órdago, pero, como el fútbol nos resbala, nos carcajeamos en la butaca al ver lo mucho que disfruta Andrés metiéndose en jardines de la forma más gratuita posible. Pero cerraron con un «Sin documentos» populachero y abatido (que perfectamente podrían haberse ahorrado) y que entusiasmó a los que un minuto antes pitaban las loas al Madrid.

¿Y qué nos queda? Pues un concierto desdibujado de un artista que lo fue todo en los 90 y que hoy enfila el ocaso. Pudo ser peor, sí, pero es que debió ser mejor.

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