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Ocio y cultura

La película de marzo: “Van Gogh, a las puertas de la eternidad”. Dafoe, también

Willem Dafoe, como Van Gogh

De filmografía breve pero contundente, Julian Schnabel sorprende con un potente retrato de los últimos años del pintor apoyándose en un Dafoe memorable.

La oreja de Van Gogh
De filmografía breve pero contundente, Julian Schnabel sorprende con un potente retrato de los últimos años del pintor apoyándose en un Willem Dafoe simplemente memorable

Les iba a hablar de la muy entretenida «70 binladens» de Koldo Serra –rodada en Santutxu y Getxo– pero el jefe de todo esto (como la peli de Von Trier) intuye saturación, así que tiramos por la calle de en medio y nos ponemos culturetas, que, como «El País» debajo del brazo, es algo que viste mucho (aunque finalmente lo uses para envolver pescado). La elegida para tal fin es «Van Gogh, a las puertas de la eternidad«, el potente retrato que Julian Schnabel hace de los últimos años del pintor apoyándose en un Willem Dafoe simplemente memorable.

Hijo de Brooklyn pero con conexiones vascas (casado con la donostiarra Olatz López, vivió a tiro de piedra de la Zurriola) Schnabel ha sido (y aún es) acusado de oportunista por sus «plate paintings» -expuestos en el Guggenheim bilbaíno, entre otros-, algo así como un choque entre escultura y pintura convencional, y sus sobradas tipo «soy lo mas cercano a Picasso que van a conocer», declarado a mediados de los ochenta en pleno arrebato de humildad. Neoexpresionista, amigo de Basquiat -al contrario que este, no murió cuando debía, por lo que nunca será un icono-y partícipe de la movida neoyorkina de finales de los 70 (Warhol y la 54, malos tiempos, sí).

Willem Dafoe, como Van Gogh

Dafoe: De errante, nada

Schnabel siempre ha resultado un excelente publicista de sí mismo, un tipo magníficamente relacionado (tras rehusar venir al Zinemaldi en varias ocasiones, De Niro acudió finalmente gracias a él) y, cuando se disipa el ruido y el humo, un artista interesante y director notable. Hoy, como habrán intuido, hablaremos de esto último.

De filmografía breve (seis títulos) pero contundente, hace más de dos décadas que Schnabel avisó de su potencial con una entonada ópera prima sobre Basquiat por la que asomaban Gary Oldman, Dennis Hopper o Bowie (recuerden: amistades premium). Tras esta llegarían el poético retrato de Reynaldo Arenas (escalofriante un Bardem mimético) o la delicada «La escafandra y la mariposa», con la que ganaría el prestigiosísimo premio a mejor dirección en Cannes.

Y llegamos a «Van Gogh, a las puertas de la eternidad». Un pintor retratando a otro pintor. Peligro. ¿O no? Arles, 1888. Un Van Gogh en descomposición psíquica logra sus mayores obras maestras. Pero, ¿esto no me lo han contado ya? No corramos. Porque si bien es cierto que en los primeros compases el estilo afectado (de «auteur») tras la cámara molesta, finalmente logra seducir al convertir el retrato del holandés en una suerte de film onírico que se apoya en sensaciones, brisas, sabores y momentos que casi parecen más soñados que reales. Aquí es básico destacar el genio del parisino Benoit Delhomme, uno de los grandes directores de fotografía europea, que dota a la cinta de interiores duros y azulados y exteriores tan dorados que casi se puede sentir el calor del sol en la cara, así como un inteligente uso de un scope «cerrado» que hace que la horizontalidad de los campos franceses parezca infinita.

Willem Dafoe, como Van Gogh

Dafoe, tras leer nuestros elogios

Pero, por encima de cualquier otra consideración, esta es la película de Willem Dafoe. Su composición, fiera y desvalida, mágica, ofrece una cantidad de matices tal que uno reconoce al genio que sabe que trascenderá y al alcohólico suicida con la urgencia de apurar el trago final que le ofrece la vida. Creíble siempre, Dafoe hace aquí una interpretación antológica que dota al conjunto de una profundidad humana que con otro actor jamás alcanzaría.

Y EN FORMATO DOMÉSTICO: «DESENTERRANDO SAD HILL»

Si hablamos de sueños, anhelos y sensaciones, no estaría mal recuperar la aventura de cuatro locos -dicho con todo el cariño del mundo- que hace un lustro tomaron una «ruta suicida»: Desenterrar loseta a loseta el decorado de «Sad hill, el cementerio donde concluía «El bueno, el feo y el malo» de don Sergio Leone. En la presentación, su director nos hizo reír a carcajadas cuando nos contó que Ennio Morricone había salido en batín y dando gritos, tratando de echarles de su casa en Roma y su esposa le había aplacado con un «Ennio, si no te calmas, no te hago tu comida favorita».

Y es que los genios también tienen sus debilidades. Por cierto, el final con Metallica pone los pelos de punta. La tienen ya en DVD, Blu-ray y plataformas digitales.

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